Por Antonio Carmona Márquez
El viajero había estado, años atrás, en el alto del Abulagoso. Tal vez dos veces, quizá más. Fueron ascensos a través de la cara septentrional, desde la aldea de Ventillas, siguiendo senderos apenas insinuados, atravesando pedrizas, remontando arroyos a contracorriente. Ahora se trata de un ascenso por un ancho camino sin posibilidad de pérdida. Entonces, si ya ha estado, ¿para qué volver?... Acaba de dar el primer traspié al formularse esta pregunta. Una buena caminata no admite ningún “para qué”. En cierto modo cualquier cuestión en cuanto a la finalidad está de más. El Abulagoso no le necesita ni requiere de su presencia. Seguiría estando allí, aunque se extinguiera la humanidad, aunque el mundo dejara de nombrarlo. Caminar sin expectativas.
En las inmediaciones del puerto de Valderrepisa duerme un antiguo asentamiento romano, vestigio de un poblado dedicado a la fundición parcialmente excavado. Aquí comienza el recorrido en una cota mínima de 826 metros sobre el nivel del mar y a una distancia de cinco kilómetros y medio hasta la cima del Abulagoso a 1.301 metros. Pero hoy toca dar la espalda a la historia enterrada, dejar al sur las sierras de Serrezuela, Dornilleros, Navalmanzano y Quintana, límite natural de Castilla-La Mancha con Andalucía y encarar, sin tregua, una subida por la ladera meridional de sierra Madrona.
La cuesta arriba comienza con una inclinación espanta-indecisos. Ambos flancos del camino están cuajados de pedrizas y árboles, alguno de ellos tumbados y heridos, otros quebrados por las ramas o por el tronco, caídos en la última Batalla de las Borrascas. Es un día gris y, por lo tanto, de contrastes atenuados y suaves en cuanto a temperatura y color. Apenas ha irrumpido la primavera, si acaso en esta falda de solana, la mayoría de los romeros dejan ya ver sus flores. Las aulagas, planta que da nombre a este pico, aún no se han atrevido a saturar las vistas de amarillo. Sobre las grietas del camino brotan tallos de gamonita. Se está preparando una explosión floral cuya onda expansiva va a estampar hasta el escondrijo más recóndito de nuestra geografía.
El murmullo acuífero de las escorrentías acompaña al viajero durante todo el recorrido. También le acompaña la continua presencia de cajas-nido, alineadas en unos grandes pinos de repoblación como discretos refugios suspendidos. Sobre la superficie frontal, aparte del agujero pertinente para la entrada de aves, está grabado el escudo de Castilla-La Mancha, bajo el que aparece una frase con resabios de compromiso: “Fomento de la biodiversidad”. Algunos árboles sobre las pedrizas muestran un tronco retorcido como en un grito silente de resistencia a la adversidad, a este clima a veces extremo al que todos estamos abocados a adaptarnos.
En rutas tan empinadas, un llano se celebra como si de una cuesta abajo se tratara. En mitad del recorrido, en el collado de las Malagonas, corre la brisa húmeda con más libertad. El viajero ralentiza el paso a lo largo de este lugar privilegiado para saborear el instante: a la izquierda, en la umbría del norte, Ventillas se insinúa diminuta. A la derecha, en la solana del sur, Fuencaliente despliega su blanco entramado de calles. Si esto fuera una competición paisajística, no quisiera el viajero ser juez, aunque sí parte.
Alto en el camino, mochila y bastón al suelo, cámara en ristre. Junto a un peñón que anuncia otra subida, el viajero observa una gama escalonada de grises perfiladas por las sierras. La simplicidad y belleza de las formas conservan un minimalismo de pintura oriental debido al equilibrio de la imagen, trazos improvisados, colores planos más oscuros cuanto más cerca del observador que se van aclarando conforme las cadenas montañosas ganan en lejanía hasta casi confundirse con el cielo gris azulado.
Son escasas las cimas que sobrepasan los 1.300 metros de altura en Sierra Morena. Ésta es una de ellas, una inmensa mole de cumbre afable adornada con un pequeño bosque de robles. Está lo suficientemente elevada como para ver el tendido eléctrico y el planeo de grandes rapaces y carroñeras “ahí abajo”. No hace mucho tiempo, nuestro viajero estuvo faldeando a media altura la sierra de Valdoro, la que hoy apenas se distingue al norte, al otro lado del valle del río Montoro, desdibujada por la atmósfera. Estaba amaneciendo aquel día y los primeros rayos refulgían sobre los cristales de esta torre de vigilancia con diseño hexagonal. Parecía un faro desubicado, afanado en orientar a algún marinero en tierra. Ahora, tan cercana junto a la antena y el punto geodésico, recorta su silueta bajo un cielo que amenaza lluvia.
Y sin embargo, durante todo el recorrido, la lluvia ha tenido a bien respetar alopecias peregrinas. Es aquí arriba donde ha dejado de escucharse el rumor de las escorrentías. El agua ya no puede proceder de ningún otro lugar. Solo nos queda el cielo y la lluvia. Todavía permanece la luz justa y necesaria para que espejee, tras las montañas, el embalse de Buenas Hierbas en Cardeña, en tierras andaluzas. Abajo se extiende un tapiz agreste repleto de soledades. Aisladas y montunas madejas enredadas de vidas cotidianas transitan calles irregulares y empinadas. Pero desde aquí no alcanzamos a ver con detalle sus quehaceres, sus litigios, sus naufragios, sus romances, sus pequeñas venganzas. Tampoco sus persistentes esperanzas. Y quizá, piensa el viajero, eso sea precisamente lo que las mantiene intactas.