Por Antonio Carmona Mázquez
Confieso mi debilidad por este río con hechuras calatravas que se vuelven andaluzas cuando menos te lo esperas. A veces cristalino y sereno, otras veces desaseado y ebrio, arrastrando nuestros excesos, aunque parece hallar la forma de acabar con una resaca digna en la que prospera la vida. Su recorrido encarna la contemporaneidad de un todo histórico atravesado por puentes, salpicado de charcones con tarayes y habitado por aves huidizas y discretas.
Todo en él es tránsito, memoria y transformación. Podríamos fijarlo en una instantánea y vivir la ilusión de que lo hemos detenido, pero no hay dique ni argucia que detenga lo que es devenir por naturaleza. Y ahí sigue: en ocasiones, excesivo y destructivo, casi siempre manso o de cauce nimio. Río urbano y agreste, industrial y mundano, minero y silvestre. Un río de contradicciones.
No sabría decir a quién —o a quiénes—, pero estoy convencido de que este río, el río Ojailén, a alguien me recuerda.