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Son las 09:42 del Jueves, 21 de Mayo del 2026.
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Por Lourdes Carrascosa Bargados

 

 

Cuando yo era pequeña, mis padres me llevaban con frecuencia a visitar a mis tíos, ella, la única hermana viva por parte de mi padre y su marido era médico pediatra, al que debo agradecer haberme curado durante mi infancia de alguna enfermedad importante. El caso es que su casa, además, era la consulta, por lo que algunas de esas tardes de visita, permanecíamos en una habitación llena de estanterías con libros. Recuerdo que yo miraba extasiada ese cuarto, observando los colores y tamaños de cada uno de esos libros, de los que, de algunos, pese a mi corta edad, siete u ocho años, podía leer sus títulos e inclusos sus autores.

 

 

La biblioteca estaba llena de autores clásicos, pero, sobre todo mi tío era un gran aficionado a las novelas que ahora denominamos negras. Tenía varias colecciones de Perry Mason, Agatha Christie, Stanley Gardner y varios más, autores que a mí me resultaba difíciles de entender en los lomos, ya que, en esa edad, mi conocimiento de inglés era nulo.

 

De esas tardes sentada en ese cuarto, tuve claro que yo quería tener una habitación llena de estantes con libros. Cabe decir, que unos cuantos libros de mi tío Tomás, se guardan actualmente en mi biblioteca: algunos manuales médicos de esos antiguos encuadernados en piel, y colecciones de sus novelas policíacas, como homenaje y recuerdo a ese gran lector que fue.

 

 

 

Si existe un elemento que aparezca en todas las habitaciones de mi casa, exceptuando cocina y cuartos de baño, ese es el libro. Yo no me he conformado con una librería yo he convertido mi casa en casi una biblioteca.

 

 

 

Creo que en eso también han influido mucho mis lecturas. No hay historia que se precie, ya sea de las Bronte, Christie, u otros miles de escritores, en las que parte de la acción no se desarrolle dentro de la biblioteca, ya sea novela romántica, policíaca, aventuras o una saga familiar. Ese rincón que he deseado habitar siempre en los libros, un lugar confortable y seguro para la lectura y dar suelta a la imaginación, lo he trasladado a mi casa.

 

 

 

Para mí, los libros son los mejores amigos y compañeros de viaje. No puedo amanecer a un nuevo día, sin encontrar en mi mesilla de noche el libro, que fue lo último que vi antes de cerrar mis ojos, rendidos al sueño.

 

 

 

Una historia me da felicidad. Otra aventura me quita ese punto de tristeza por algo que te ha sucedido en el día. Ante la soledad, tengo compañía. Aunque no se lo pida, mi amigo el libro siempre está ahí para darme consuelo, llevarme a soñar, o transportarme a otros mundos.

 

 

 

Mis compañeros los libros me han ayudado a superar los momentos más difíciles y complicados de mi vida: pérdida de seres queridos, enfermedades, dificultades familiares o personales de todo tipo y no te pasan factura, no te preguntan, simplemente te acompañan y se llevan de tu cabeza las preocupaciones, sin darse importancia.

 

 

 

Se que hay gente que presume de que no le gusta leer, pero en mi caso yo no sé qué sería de mi si no tuviera libros a mi alrededor. Esas noches insomnes, donde se cuenta cada hora en el reloj, que haría mi cabeza si no tuviera el apoyo de un libro.

 

 

 

Lectura y escritura han sido en muchos casos utilizadas por los psicólogos como técnicas para mejorar aspectos de nuestra personalidad. Todos, en alguna ocasión, hemos recomendado a un paciente que escribiera un diario, o un pequeño dietario con lo que sentía o pensaba y no hay mejor ayuda para descargar tensiones, malos pensamientos o preocupaciones.

 

 

 

Leer da vida, estimula la imaginación, ayuda a nuestro cerebro a ejercitarse, a no oxidarse. El problema es que últimamente parece que debemos sentirnos atraídos por máquinas, y algo tan sencillo como un libro, al que simplemente le pasas las páginas para descubrir su valor, le quitamos importancia.

 

 

 

Recuerdo ahora el disfrute que tuve al leer el libro de Irene Vallejo “El infinito en un junco”, la invención de los libros en el mundo antiguo, cuando únicamente los elegidos podían disponer de ellos, cuando poder leer a ciertos clásicos de Grecia, Egipto, Roma era cosa de eruditos. Actualmente vivimos una época y en un país, en que los libros son fáciles de conseguir, de tener, quizás por esa ventaja, como todo lo que dejamos al alcance, le hemos quitado valor, pero el libro ha sido y es el artefacto que los humanos inventamos para que las palabras y las ideas pudieran viajar en el tiempo, en el espacio y permanecer.

 

 

 

A lo largo de casi treinta siglos ha habido libros de piedra, de humo, de arcilla, de piel, de árboles y los últimos de metal y luz. Da igual de lo que estén fabricados, lo importante es el uso y disfrute que les damos y lo que van produciendo en nuestro interior, como nos transmiten emociones, nos enseñan sin esfuerzo, nos llevan de su mano por la historia, el arte, los viajes, el pensamiento, los sentimientos e incluso nos avanzan a mundos que todavía no existen.

 

 

 

No hay mejor compañero de vida que un buen libro.

 

 

Foto: Pixabay