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Son las 22:12 del Jueves, 11 de Junio del 2026.
Florido Mayo

 

Por Lourdes Carrascosa Bargados

 

No sé si muchas personas tendrán olores de flores asociados con recuerdos o momentos de sus vidas, pero a mí si me pasa. Mayo y el inicio de la primavera van unidos para mis a dos olores que, durante mis más de veinte años de trabajo en la Oficina de Atención al Ciudadano, han sido las fragancias de mis mañanas.

Recién iniciado el mes de las flores, el aroma predominante en nuestro Paseo de San Gregorio es el del cinamomo, un olor intenso dulce y agradable a los sentidos. Ya mediado el mes hace su aparición la fragancia de los tilos, varios de los cuales rodean la Casa de Baños, por lo que resultaba un placer abrir las ventanas de mi despacho y de toda la Oficina dejando entrar el intenso perfume, con esa sensación de aspirar un poco de naturaleza.

En primavera y durante todo el verano, no hay mayor frescura que la que produce el olor a hierba recién cortada, es como si con el agobio del calor, sintieras en tu nariz la sensación de haberte sometido a una refrescante ducha.

En mis recuerdos acude a mi mente el perfume de las azucenas, ese ambientador natural que, de niña, en mi colegio, poníamos a la imagen de la Virgen y que yo ahora cultivo con cuidado en macetas durante el invierno, para que llegados principios de Junio, las blancas y olorosas azucenas perfumen y decoren mi casa.

De mis recuerdos infantiles, en el Burgo (Coruña), tengo asociado en mi memoria la suave intensidad del olor a las hortensias de intensos colores azules y grandes flores, que, sobre todo recién regadas, aromatizaban el jardín de mis tíos.

La primera casa que tuvieron mis padres en Madrid, en el Barrio de Moratalaz,  era un piso bajo, había delante de la terraza del salón un pequeño jardín, que los vecinos cuidaban por trozos en función de la medida de sus fachadas. Dos olores identifico con esa etapa los claveles chinos y los pericones de colores mezclados que plantaba mi madre y, en ocasiones, me dejaba regar, con ese placer intenso que produce echar agua con una manguera a diestro y siniestro.

Mi ramo de novia llevaba dos orquídeas encontradas, rodeado de un pequeño bouquet de azahar. No sé si de ello me vendrá el gusto por cultivar bellas orquídeas de distintos colores en la terraza de mi cocina, afición que me produce bastantes satisfacciones al lograr preciosas flores.

Todos los recuerdos olfativos no tienen por quéser agradables. De pequeña, cuando íbamos a los cementerios con mis padres, recuerdo solo dos tipos de flores: crisantemos y esas que nunca he sabido el nombre pero que yo llamaba moco de pavo. El olor de los crisantemos, pese a ser una flor hermosa y conocer que es el símbolo del Japón, está en mi olfato asociada a muerte y cementerio.

Coruña, Julio, Festividad de la Virgen del Carmen, a la que llevan en un barco por el puerto, con todas las sirenas de otras embarcaciones sonando y al mismo tiempo cantando la Salve Marinera, intenso olor a pétalos de rosa unidos al salitre y la pólvora de los cohetes, mezcla imborrable en mi olfato.

Mi madre tenía dos costumbres asociadas a plantas, que cada año repetía como un mantra de salud y buena suerte. La de la magia y la belleza era en la noche de San Juan, cuando colocaba en una palangana agua y pétalos de rosa, que dejaba macerar toda la noche, costumbre tradicional de su pueblo de nacimiento, Monterroso. Al levantarnos, todos nos teníamos que lavar ese día la cara con esa agua de rosas, que decía, tensaba el cutis y nos daría un poco más de apariencia juvenil. Desde luego, a ella le dio resultado, ya que vivió hasta casi los noventa y siete años en perfecto estado de salud y conocimiento.

La otra costumbre, en este caso de salud, era el uso de las hojas de eucaliptus. Hacía un cocimiento con ellas y cuando la cacerola estaba a todo gas de vapor, nos la ponía en el lavabo y nos tapaba con una toalla la cabeza para que aspirásemos el aroma del vapor. Con esa receta, zumo de limón y miel, mi madre nos mejoraba cualquier catarro.

No puedo dejar de mencionar dos vivencias que forman parte de mis recuerdos en un caso de mi infancia en los días de juegos con mis primos por tierras gallegas, donde el bosque huele a humedad, helechos, pinos y eucaliptus, que se unen al olor de la tortilla de patatas y los filetes empanados con los que disfrutábamos del día de campo.

El otro es el descubrimiento del brezo, que no conocía hasta no llegar a estas tierras manchegas y que resultó una sorpresa extraordinaria, sobre todo cuando, por estas fechas de Mayo, lo pude encontrar en las cruces de Alcolea de Calatrava y Piedrabuena una extraordinaria tradición milenaria en estas poblaciones y de una belleza para admirar.

Tampoco quiero olvidarme de nuestras señas de identidad:  el olor de la jara, el tomillo, el romero y la lavanda. Aromas que percibí por primera vez en el Valle de Alcudia, en nuestra Dehesa Boyal, por campos y montañas cercanas a nuestro querido Puertollano y que constituyen el perfume de nuestro campo.

Algo, aparentemente tan insignificante como las flores, pueden esconder gratos y vividos recuerdos.