Hablemos de olores

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Son las 22:38 del , 7 de Diciembre del 2025.
Hablemos de olores

 

Por Lourdes Carrascosa Bargados

 

Hablar de los sentidos me lleva a la manera con que aprendíamos las cosas en la escuela, seguramente no era un método muy adecuado, pero sí que las reteníamos en la memoria: cantábamos en alto “vista, oído, olfato, gusto y tacto” y no se me ha olvidado, igual que lo hacíamos con los ríos, las provincias, las tablas de multiplicar y muchas otras cosas.

Vamos con los olores y las emociones que asociamos con ellos. No sé si a los lectores les pasará lo mismo, pero si hay una cosa que me molesta es encontrar que en el ascensor de mi casa huele a tabaco, señal inequívoca de que alguien no ha cumplido con la norma y en ese mínimo espacio de la cabina, se ha fumado un pitillo, con lo que significa para el que sube a o baja después, soportando el olor y saliendo además con la ropa desagradablemente impregnada.

Por el contrario, me encanta entrar en el elevador y oler a la colonia del vecino o vecina que acaba de comenzar su día recién perfumado, es un empujón de optimismo para iniciar la jornada.

Podría hacer un listado de olores que desagradan mi nariz y me hacen sentir una sensación molesta: el olor a sudor, a cebolla, a orines, el de la sangre, a gas, a basuras, seguro que hay muchos más, pero todos me hacen revolucionar el estómago y tener la impresión de que se me va a salir por la boca.

Los malos momentos de mi vida también están asociados con olores, que desde ese instante, se han convertido en desagradables. Y no es necesario que el olor sea malo, si está unido a un mal recuerdo, para mí ya no será un olor bueno. La emoción en esto juega un importante papel.

Muchas veces se comenta que cómo puede ser que esas personas soporten su mal olor corporal. La respuesta es sencilla, han saturado su umbral de olor y no se huelen, es el mismo efecto que el que tenemos con nuestro propio perfume o colonia. Lo huelen los otros, pero a nosotros nos parece que se ha quedado sin olor, pero está ahí.

Los olores también podemos vincularlos a los recuerdos y, cada vez que aparece esa sensación olfativa, nuestro cerebro nos envía las imágenes con las que están relacionados.

Los días de los Santos están inevitablemente unidos al olor de las flores, de la cera de las velas, de las castañas asadas, al aceite de las mariposas, al dulce sabor de los huesos de santo, los buñuelos de viento y las gachas dulces.

Cuando va llegando el mes de Diciembre, por mucho que antes lo anticipen los establecimientos comerciales, hay un amanecer concreto, algo en el ambiente mezcla de humedad, niebla, olor a leña y no sé qué más, que cuando  salgo de casa, respiro y digo ¡Huele ya a Navidad! Y eso me sucede cada año.

Recuerdo a personas, lugares, momentos  por el olfato: el olor de la colonia de mi padre, recién duchado el domingo, antes de salir de casa y viene a mi nariz como si estuviera a mi lado; el aroma del café en las tardes que iba a merendar a casa de mis tíos; cierta colonia de bebé que me lleva al recuerdo de los primeros meses de mi hijo; el olor a mar, llamado maresia,  algo difícil de explicar, una mezcla salada y refrescante entre azufre, algas, marisco,  que se siente y me transporta a mis ciudades marineras: Coruña y Cádiz, con dos olores  marinos  bien distintos, y que los expertos achacan sobre todo a las diferentes algas; el olor de la hierba recién cortada en primavera que me acerca al campo; ese tan especial  de la lluvia llamado petricor, que  abre los pulmones y me obliga a respirar profundamente ese aire que parece más limpio;  el del pan caliente, cuando me mandaban a comprarlo y se horneaba en la panadería, volviendo a casa, sin haberme podido resistir a comer el pico.

Seguro que cada persona tiene sus olores favoritos y con los que mentalmente viajas a otros momentos de tu vida y de tu historia personal. El olor de las sábanas limpias cuando te metes en la cama; el jazmín del jardín que te lleva al verano; el dulzón aroma a caramelo de la cocina de casa; ese tan especial para mí al abrir un libro nuevo, o el  tan diferente de un libro antiguo que perteneció a algún familiar ya fallecido y me transporta a las antiguas bibliotecas de mi infancia; el aroma cálido de la chimenea, ese olor particular  a leña que impregna toda la ropa y te llevas en la piel; el de las palomitas, asociado siempre al  cine.

No sé si a otras personas les pasará igual, pero yo tengo olores para cada estación del año y recuerdos unidos indisolublemente a esos olores. Si cierro los ojos y percibo ese aroma, el recuerdo extremadamente vívido viene a mi mente y me transporta en el tiempo y el espacio. Nuestro cerebro tiene capacidades extraordinarias para mil cosas, aunque muchas veces no sepamos usarlas adecuadamente.

Dejarnos llevar por nuestras emociones, que nuestros recuerdos fluyan asociados a olores, pueden hacernos vivir momentos inolvidables justo en estas fechas que llevan implícita la evocación de los que ya no están.

Foto: Pixabay