Por Lourdes Carrascosa Bargados
Me he levantado hoy entre el Resistiré del Dúo Dinámico, que acaba de perder al gran Manuel de la Calva y los versos de una de mis cantautoras favoritas, Cecilia en Mi querida España.
En los últimos años podría parecer que nos están atacando las temidas plagas bíblicas, primero con la gran nevada de Madrid y centro de España que nos dejó la borrasca Filomena, luego llegó el coronavirus, con los muertos, los encierros, la angustia y el miedo; cuando aún no estábamos tranquilos entró en erupción el volcán de La Palma, llenando de destrucción la isla; por si fuera poco después la horrible dana que asoló zonas de Valencia y Castilla la Mancha, con su carga de fallecidos, desaparecidos y pérdidas materiales, dejando en todos un regusto amargo, del que solo se ha salvado la solidaridad entre los ciudadanos. Ahora, este verano del 2025, los incendios asolan muchas zonas de nuestro querido país. De nuevo muertes, devastación, pérdida de hogares, negocios, recuerdos, entorno, todo en un instante, como una maldición.
Ya sea el agua, el fuego, la lava de un volcán, o el ataque de un virus, la Naturaleza nos está dando un mensaje que no acabamos de aprender.
Como psicóloga, conozco lo que estas catástrofes producen, no solo en lo material, sino en el corazón y cabeza de cada uno. No es fácil en unas horas perderlo todo. Ver a las personas de esas zonas de León, Zamora, Badajoz, Orense, Lugo, Asturias, Madrid llorando desconsoladamente por todo lo que el fuego se ha llevado. Queda por delante mucho tiempo y trabajo para recuperar lo perdido, no solo lo que se puede reponer, que habrá que hacerlo con una gran inversión económica, lo malo es la experiencia traumática que cada uno de estos acontecimientos ha desarrollado en los que lo han vivido y también en los que lo sentimos, empatizando con ellos, algo que emociona y duele.
Por otro lado, tenemos a nuestros políticos con sus guerras absurdas, su falta de escrúpulos y la gestión horrorosa que hacen de las cosas. Me decían ayer que todavía hay muchos afectados por el volcán de la Palma que siguen sin recibir ayudas, que continúan sin casas. Incluso más sorprendente es que personas afectadas del terremoto de Lorca en el año 2011, están viviendo de modo precario, sin haber recibido ayudas de las distintas administraciones.
Algo no funciona en España y no son los ciudadanos, sino los que nos gobiernan, que deberían pensar mucho más en el bien común y menos en sus peleas de partidos, ideas o chorradas, que es en lo que se ocupan todos.
Nuestros abuelos, de modo natural, eran mucho más capaces de respetar el medio, ya que lo cuidaban, quizás sin tanta normativa, pero con el corazón. Querían a su tierra y con lo poco que podían tener, cuidaban del entorno.
Hoy se habla y se habla, pero poco se ejecuta. El dinero se escapa por los agujeros de las administraciones, sin saber muy bien donde ni para que, pero sin llegar a los ciudadanos que cada vez pagamos más y estamos peor atendidos.
Hablamos de pueblos despoblados, pero imposible que un joven quiera quedarse en su pueblo a vivir si no tiene alternativa de futuro. Había ganaderos, agricultores, mieleros, queseros, huertanos, pero hoy, para realizar cualquiera de estas tareas del sector primario y más necesario, hay que tener un gestor que te lleve los papeles, que te aclare las normas, que te permita tener todos los “sellitos” que la Unión Europea pide para un producto. Si coges un envase de leche, verás de lo que hablo, lo curioso es que luego podemos ver en los establecimientos productos de otros países, que no cumplen con las normas que nos imponemos a nosotros mismos y que tiene un precio contra el que no se puede competir.
En aras del respeto al Medio Ambiente, nos estamos cargando la agricultura, la ganadería y miles de trabajos como pastores, leñadores, corcheros, tractoristas, aceituneros, viñadores y tantos otros. Nos quejamos que los pueblos se quedan abandonados, pero no se facilitan políticas que permitan que la gente se asiente en buenas condiciones en sus lugares de origen, con recursos similares a los que pueda tener en una ciudad: salarios adecuados, educación, cultura, acceso a internet, comunicaciones, ocio, salud.
El entorno en el que vivimos será la base de nuestro futuro como país. Los sectores primarios, igual que la industria, hay que cuidarlos haciendo políticas no solo para subvencionar, sino para que realmente sean competitivos. Es triste ver cómo se dejan perder campos de cultivos que solo se han plantado para cobrar subvenciones, sin intención de otro tipo. Dinero perdido.
España tiene una enorme riqueza medio ambiental, agrícola, ganadera, cultural y de tradiciones que no debemos dejar perder, pero para ello debemos exigir que nuestros políticos dejen de pelear y se pongan a trabajar por los intereses de todos los ciudadanos.