Por Lourdes Carrascosa Bargados
Mis recuerdos del verano en mi infancia y adolescencia son buenos. Entonces amaba esta estación. De niña era una ilusión dejar el colegio por unos meses y que mis tíos de Coruña vinieran a recogernos a Madrid con su Renault Dauphine y nos llevaran a pasar Julio y Agosto con todos mis primos y familia (era toda una aventura ir todos en el coche, pero también lo era viajar de Madrid a Coruña en tren toda la noche. Recuerdo que mi madre me hacía una especie de cama en la parte de encima de la puerta del departamento dónde se colocaban las maletas y allí hacía el viaje en mis primeros años, todo lo dormida que se podía, con el traqueteo del tren). Mi padre se quedaba de Rodríguez y solo iba sus días de descanso laboral. Esos veranos eran playa, juegos, risas, ir a ver pescar a mis primos a la ría, empanada, pulpo, sardinas, ferias y romerías y claro, unas temperaturas muy agradables.
Tuve otras dos vivencias que entonces me dolieron, pero que a estas alturas se han vuelto agradables en el recuerdo. En la empresa donde trabajaba mi padre, se organizaban periodos de colonias, como se llamaban antes, que se organizaban para los hijos de los entonces productores. La primera vez yo tendría unos siete años y me mandaron a Águilas (Murcia). Nunca me había separado de mis padres y lo pasé regular, aunque el trato y atención de las monjas, juegos, comidas y excursiones no los he olvidado. En la segunda experiencia ya era un poco más mayor, tenía doce o trece años y, en este caso, me desplacé a Llanes (Asturias), de dónde guardo recuerdos imborrables de sus montes y acantilados por donde hacíamos recorridos con las monitoras, las preciosas playas y esos paisajes maravillosos llenos de verdor y belleza.
En mi infancia y juventud, yo era una privilegiada, ya que la mayoría de las niñas de mi colegio no iban de vacaciones, como mucho unos días a los pueblos de sus padres a pasar las fiestas con los abuelos, pero por la ascendencia gallega de mi madre, nosotros viajábamos con la familia.
De mis recuerdos madrileños del verano están las siestas, obligados por decreto de mi madre, que decía, “Todos a reposar” y había que acostarse. Yo lo hacía de niña con los tebeos y algunos libros, de adolescente con fotonovelas, libros y un transistor de esos pequeñitos de pilas donde en mi cabeza aún resuenan los “Cuarenta principales”, con lo que pasaba las horas de calor hasta que nos dejaban salir a jugar a la calle.
Algunos domingos (el sábado había colegio y mi padre trabajaba por la mañana) nos llevaban al rio, al Pardo, con la tortilla y los filetes empanados. Muchos años después, en ocasiones íbamos al Parque Sindical, primeras piscinas que yo recuerdo de Madrid.
En mi cabeza no aparece una imagen de malestar por las temperaturas y eso que solo había abanicos, botijo y la corriente entre las ventanas para la refrigeración de las casas.
En Puertollano, los primeros años se asocian con los veladores en el Paseo de San Gregorio, donde entre las bebidas, las pipas de Juanito y las gambas del Cartero, se pasaban las tardes noches al fresco y se volvía a casa ya para meterte en la cama.
También era una agradable experiencia pasar la noche en el cine de verano, con los bocadillos, las pipas y una buena película, algo que ahora veo ha recuperado con buen acierto la familia Ortega en sus cines, con la colaboración del Ayuntamiento. Noches frescas, viendo las estrellas, y disfrutando de la recién regada terraza. Y no quiero olvidar tampoco la ayuda que prestaban a superar los calores los ricos Helados de Morán y sus granizados de limón y café, que hacían más llevaderas las noches calurosas.
Puede que sea la edad o el tan traído y llevado cambio climático que nos ataca en todos los medios de comunicación, con las necesarias alertas y la sensación de estar en constante peligro, pero hace ya años que digo que no me gusta el verano. Empiezo por no ser una amante del aire acondicionado, que pongo en mi casa lo menos posible porque no me va bien, noto síntomas de incomodidad en mi cuerpo cuando estoy sometida al aire frio mucho tiempo, aunque ponga la temperatura a un nivel aceptable. Ya desde que amanece comienza la batalla, después de haber dormido mal toda la noche. Necesito dormir a oscuras y tapada, cosa que en este tiempo y con estas temperaturas resulta imposible, por lo que despierto temprano y ya incomoda, sudando y soñando con una ducha, que, a los cinco minutos, no ha servido para nada.
Tomar un café con calor no es tan agradable como hacerlo en invierno. Y me lanzo al día. Si quieres caminar, hay que salir muy temprano para que el sol no haga de las suyas y con las altas temperaturas te dé un golpe de calor, por lo que te tiras a la calle temprano y aprovechas esas primeras horas, supuestamente frescas, para hacer los recados de la calle y, a partir de ahí, a casita hasta el atardecer. Eso en mi caso, que no tengo obligaciones laborales, porque ni te cuento lo que deben pasar en plena calle, por mucho que adelanten las horas de trabajo, jardineros, albañiles, personal de limpieza y otros.
Estoy en casa, pero me puede la pereza, el agotamiento que produce el calor y, aunque pienso en hacer muchas cosas, termina el día con muy poca actividad, sensación de pérdida de tiempo y la incomodidad de estar eternamente húmeda por la cabeza, el cuello, el cuerpo, que sales de ducharte y ya estás de nuevo chorreando.
Benditos sean otoño, invierno y primavera. Si, el verano es alegre, estupendo si estás de vacaciones en un lugar bello y fresquito, pero desde mi punto de vista, mucho más difícil para vivir con comodidad el día a día.
Como dice la canción, para mí, cuando llegue Septiembre, todo será maravilloso.