Por Lourdes Carrascosa Bargados
En el mundo en que vivimos, se da mucha importancia a las cosas materiales. Utilizamos los objetos como algo casi de usar y tirar a lo que no damos valor, salvo para aquello para lo que nos hacen falta. Tal vez pensamos que las cosas que nos rodean no tienen la mínima importancia excepto en su utilización y aprovechamiento, claro que no podemos extrañarnos de esto cuando hemos quitado gran parte de la importancia y valores que se dan a los propios seres humanos.
Cuando realizo un viaje, visito un museo o un palacio, soy consciente de que los objetos perviven a las personas que los utilizaron y nos dejan cierta visión de ese tiempo en el que existieron, de sus costumbres o manera de vivir, pero para mí, hay un aspecto importante en estos objetos, creo que de algún modo nos acercan a los que se fueron.
Se que puede resultar una idea un tanto absurda, pero si miro a mi alrededor, puedo sentir en ciertos objetos, parte de las emociones de quienes los poseyeron, o, al menos eso es lo que me hacen experimentar a mí. Por eso los guardo como un tesoro en el que están los recuerdos. Es evidente que las personas nos dejan, que los objetos las han sobrevivido y para nosotros, en ellos está parte de la historia de quienes amamos.
Cuando contemplo el juego de pluma y bolígrafo que recibió mi padre como regalo por los veinte años que dedicó a trabajar en la empresa Urbis SA, aún puedo verlo sentado en la mesa de su oficina, en un sillón de madera, al que en sus últimos años añadió un cojín y en ese tablero frio y gris de despacho, esas enormes hojas cuadriculadas donde llevaba la relación de salarios de los trabajadores de almacén. Entre su cabeza y esa sábana de papel, estaba el control de nóminas, horas, descuentos, que hoy llevaría un programa de ordenador.
En otro lugar de mi casa, descansa la máquina de coser Alfa, que fue el modo de vida de otra de mis personas queridas. En esa máquina tengo fotografías de mi infancia, con las ropas que ella y mi madre me cosían y esa funda de tela de flores que las mujeres de entonces le hacían a las máquinas para guardarlas del polvo. Las horas que habrá pasado mi querida Luisita sentada con los pies dándole al pedal para sacar de entre sus dedos maravillosos vestidos de fiesta, boda, celebraciones o simples batitas de verano, como decían entonces.
De mi hijo queda en mi casa un ordenador inmenso, al que llamaba “pepino” y en el que trabajó y estudio durante días y noches su carrera. Ahora ya casi es una antigüedad, dado el avance de la tecnología, pareciendo más un adorno entre los libros de mi pasillo, pero todavía hoy, lo imagino sentado delante.
De mis abuelos paternos, a los que no conocí, conservo el comedor castellano que tenían en su casa. Cuando lo contemplo pienso en cómo sería esa vida en familia, con ocho hijos, de la que yo solo he sabido por historias orales. La vida de antes no siempre permitía que los abuelos pudieran conocer a sus descendientes.
Una vez, para un cumpleaños, le regalé a mi madre dos cosas: una pulsera de oro, una especie de aro retorcido que llevo en mi muñeca desde que ella se fue y un libro de Monterroso, su pueblo natal. Cuando tengo entre mis manos ese libro, es como si sintiera la mirada de mi madre sobre sus páginas, el sentimiento tan profundo que ella tenía de su tierra, lo que le gustaba su lectura, ya que, en sus tiempos, desconocían muchas de las historias que había en la vida de sus pueblos y aldeas. Entre esas páginas, esas fotos y esos textos, siento un poco el consuelo de la ausencia de mi madre, porque tocar lo que ella quería y con lo que disfrutaba, es un poco volverla a tener.
No podemos vivir los objetos como en las sociedades materialistas. Las cosas tienen su sentido y valor.
Fijaros como, al entrar por ejemplo en un Museo Etnológico, nos acercamos a otras maneras de vivir, de cocinar, a enseres que ahora no forman parte de nuestra vida diaria, pero que nos acercan a las maneras de antes, a las dificultades, problemas y necesidades que podían tener. Son ejemplos de otras vidas ya terminadas.
Los objetos son historia viva de pasados y presentes. Realidad material de vidas vividas, de esfuerzo por lograr objetivos, de pequeños disfrutes o placeres, de la manera de ser de sus dueños.
Cuando vas avanzado en la vida y ya ves la vejez en ti, te das cuenta que todo lo que te rodea va a quedar aquí y entonces vienen a mi mente las palabras de esa canción de Joan Manuel Serrat: “Si la muerte pisa mi huerto”… ¿Quién cuidará de mi perro?… ¿Quién vaciará mis bolsillos...? ¿Quién pondrá fin a mi diario...? ¿Quién se pondrá mi abrigo el próximo Diciembre…? ¿Quién será el nuevo dueño de mi casa, mis sueños y mi sillón de mimbre... ¿Quién me abrirá los cajones…?
Todo quedará aquí, pero algo de mi permanecerá en ello, porque en todos los objetos que hoy forman parte de mi vida, habrá un poco de mí, aunque solo sea una pequeña sombra.