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Son las 08:48 del , 8 de Marzo del 2026.
Tiempos raros

 

Por Lourdes Carrascosa Bargados

 

Desde mi adolescencia he sido siempre madrugadora, primero por estudios, luego por trabajo. Me gusta enfrentar el nacimiento del día con un café y la radio puesta para ponerme al día del movimiento del mundo. No sé si tú, amable lector o lectora de este artículo, estarás sintiéndote como yo. Desde hace meses estoy cansada, pero no es agotamiento de mi cuerpo, aunque ya note el transcurrir de los años y una mañana me duela una rodilla, otra me pesen las piernas o me avisen de descansar mis riñones. Tengo fatiga de espíritu de tanto luchar en esta vida para que, en este, ya casi ocaso, darme cuenta que parece que ni yo, ni el mundo avanzamos.

Recuerdo como si fuera ayer mis rebeldías adolescentes, cuando quería un mundo mejor, una sociedad más libre y justa. Bellos principios que cada vez van quedando más en el olvido, después de todos los esfuerzos que varias generaciones hicimos para alcanzar lo que entonces nos parecía el progreso de nuestra sociedad.

Y así hemos vivido, trabajado y luchado con fuerza toda nuestra vida, para lograr para nosotros y nuestros descendientes un futuro, que ahora me parece cada vez más incierto.

No, no creas que estoy depresiva, lo que tengo es un ataque brutal de realidad.

Tenía en el colegio una estupenda profesora de Historia. Era gallega, bajita, rubia, dulce, y nos enseñaba cosas que no he olvidado. Vienen a mi memoria las causas que estudiábamos de la caída del Imperio Romano. Factores como las invasiones bárbaras, las crisis económicas, inflación, inestabilidad política y militar, división del Imperio y pérdida de los valores tradicionales.  Entonces quizás no lo entendía, pero ahora, parece la viva imagen de la sociedad de hoy.

Si miro a mi alrededor y escucho cómo está  el mundo , siento una profunda decepción y una enorme preocupación.

Quizás sea realidad esa idea que tanto se utiliza ahora de que hemos dejado atrás un ciclo y estamos entrando en otro. Si el futuro va a ser como lo vislumbro, la verdad es que es para preocuparse.

Cada amanecer, cuando comienzo el día, escuchando la radio o leyendo la prensa, hago el esfuerzo de intentar encontrar entre todo el maremágnum de noticias, alguna información positiva, pero pocas veces lo consigo: algún logro científico que pueda ayudar a la curación de un tipo de cáncer o de una enfermedad de esas desconocidas; una acción solidaria o generosa de alguna persona; la presentación de un nuevo libro de ese autor o autora interesante y poco más. El resto se puede resumir, en una palabra: conflicto.

Estos conflictos pueden ser guerras inacabables entre países en los que unos más poderosos, quieren hacerse con el poder de otros más débiles o en muchos casos, simplemente someterlos para quedarse con energías o minerales de los que saben que les van a dotar de mayor fuerza ante el resto del mundo. Vamos, lo de siempre en la historia: el pez grande se come al chico. Ya no soy capaz de recordar donde estamos hoy en guerra en el mundo, pero, a las conocidas, que duran ya demasiados años, se suman en esta semana dos: Afganistán y Pakistán y la nueva situación en Oriente Medio entre Israel e Irán, teniendo como apoyo de Israel a Estados Unidos, además de que Trump anuncia una posible intervención en Cuba.

Siento que muchos de los gobernantes de nuestro mundo se han vuelto locos, pero locos de atar, saltándose todas las normas de comportamiento y respeto que se habían establecido entre las naciones para un trabajo de todos por la paz, la concordia y el desarme. Ahora parece que hay una batalla encarnizada por hacerse con el poder en el mundo.

Pero no son solo los conflictos mundiales, hay conflictos personales, tan preocupantes como la violencia de género, que ya va alcanzando a los menores. Aparentemente se toman medidas, pero no se soluciona el problema, ya que estas no parecen tener la eficacia necesaria.

Y la otra violencia, que a mi juicio es fruto de una insatisfacción profunda y produce no solo la violencia en las palabras, demasiado utilizada por los políticos, también la de destruir todo lo que nos rodea, ya sean objetos, naturaleza o seres humanos, resumiendo, una falta absoluta de respeto a todo y a todos.

La delincuencia en el mundo está alcanzando unos niveles de actuación que dificulta su control por las policías de los países: grupos de narcotraficantes, tráfico de personas, armas y lo alucinante es que cada vez es más frecuente encontrar que muchos gobiernos sirven de encubridores a estas mafias, para sus propios intereses personales y corruptos o en caso de millonarios como el desgraciadamente famoso Jeffrey Epstein, han usado su dinero para hacer el mal, implicando hasta a casas reales.

No voy a negar que en el mundo existe mucha gente maravillosa, organizaciones que trabajan y luchan por un mundo mejor, en cada uno de esos puntos de conflicto, dejándose a veces hasta la vida en ello, pero algo nuevo está viniendo y es bastante desalentador.

En mi generación los jóvenes buscábamos el apoyo de la ley para avanzar y mejorar en nuestra sociedad. No quiero pensar que ahora prefieren ponerse una careta de perro o gato, un collar y tirarse a la calle a cuatro patas para evadirse. Así, el mundo ira cada día a peor.

Esta civilización, por usar un término entendible, nos está aislando entre tecnología, inteligencia artificial, consumo desmedido. Nos estamos deshumanizando y convirtiendo en personas en soledad no deseada, ratones encerrados en nuestras celdas.

Hay que salir de esto. No es cuestión de luchar contra la tecnología, hay que utilizarla en positivo, pero hay que volver a valores como el trabajo bien hecho, la solidaridad entre los vecinos, el ocuparnos de dar apoyo a los amigos, de cuidar a la familia, de dejar ser a los niños, niños. Vivir con más sentido común.

La lucha contra lo que estamos viviendo consiste en hacer un mundo más humano, más vivible, más justo, apoyado en los corazones, las emociones y los sentimientos y no en lo material. Si no somos capaces de este progreso, me temo que desapareceremos como civilización.

Foto: Pixabay