Por Lourdes Carrascosa Bargados
A finales de Junio suelo coger unos días de vacaciones e irme a lo que yo llamo mi mar de paz, a Cádiz, la tacita de plata. Días de mar, caminatas, baños, lectura, ricas comidas y dejar en Puertollano las preocupaciones. Cuando regreso a casa, las rutinas se hacen más llevaderas y vuelvo a descubrir lo cómoda que me siento en la ciudad en la que vivo, rodeada de gente a la que aprecio, valorando lo importante que es sentir que por las calles te sientes en tu sitio, en tu lugar.
Generalmente, a mi regreso, esta calma me dura unas semanas, pero este año diversas circunstancias han arrasado con esa tranquilidad rápidamente.
La magnitud de la tragedia del terremoto de Venezuela, me ha horrorizado. Pensar en dos terremotos de esa intensidad y casi seguidos, puede aclarar la enorme destrucción que han producido, la cantidad de muertos, desaparecidos y heridos que a medida que transcurren las horas se van incrementando.
Toda mi relajación y calma ha desaparecido poniéndome en la piel de esas personas que saben que bajo los escombros de sus casas están atrapados, sus hijos, padres, madres, esposos, amigos y no pueden hacer nada. Esa sensación de impotencia, de abandono, de dolor intenso, rompe cualquier estado de tranquilidad
Pero esta tragedia natural, un terremoto, me inclina a reconocer las diferencias entre unos países y otros, haciéndome reflexionar.
Venezuela es un país rico, con grandes reservas de petróleo, oro y muchos productos que le permitirían un nivel de vida de sus ciudadanos muy elevado, pero, desgraciadamente los intereses personales de políticos corruptos durante muchos años, han llevado al país al caos.
Duele ver cómo la gente no tiene apenas herramientas, ni maquinaria, la organización que aporta el estado para emergencias es obsoleta y son los ciudadanos, prácticamente con sus manos, los que se esfuerzan en tratar de sacar de entre los escombros a las personas atrapadas. Solo hay que hacer una comparativa por ejemplo con los equipos que se han mandado desde España y otros países del mundo con su personal perfectamente equipado, tecnología adecuada, sus perros y todo lo necesario para este tipo de rescate.
Tal vez debemos pensar en el daño que hacen a la sociedad los políticos corruptos, enfangados en sus propias corruptelas y para los que el pueblo solo es un mero objeto de uso para sus propios intereses.
Y por si no fuera poco con el terremoto, continúan los “juegos de guerra” de esos líderes que se creen emperadores de los demás y piensan que tienen la capacidad de ordenar de un plumazo que desaparezca una nación, una cultura, su historia. Los ucranianos llevan tres largos años luchando por su país, por su tierra, sufriendo el dolor de los muertos, recorriendo el mundo para que otros paises les ayuden y sólo ahora, cuando Rusia empieza a sentir en sus carnes el efecto de la guerra, con la falta de combustible y los ataques dentro de su territorio, parece reflexionar.
Y qué decir de quién incultamente presume de destruir un país, que con todos los problemas que pueda tener actualmente, debido también a su régimen político de las últimas décadas, como es Irán, posee una cultura milenaria, la persa, que ya quisiera formar parde de la historia de Estados Unidos. Si Ciro el Grande levantará la cabeza, dudo que el Sr. Trump se atreviera con esas declaraciones de persona sin conocimiento.
No sé qué mundo estamos viviendo, todo parece de locos y mejor no darnos una vuelta por nuestra España, que está que da vergüenza.
Trataremos de mantener la calma con los pequeños disfrutes diarios que es donde está la felicidad a la que podemos aspirar y procurar con nuestras modestas ayudas a echar una mano a todos esos países que nos necesitan, especialmente en este momento Venezuela.