“Whole lotta love”: El ataque de un zepelí­n pesado

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Son las 13:47 del Miércoles, 30 de Noviembre del 2022.
“Whole lotta love”: El ataque de un zepelí­n pesado

Todo en ella era nuevo. Empezando por el “riff” que ejecutaba su guitarra solista y siguiendo por esa voz chillona e histérica del cantante, un tipo de melena rubia ensortijada y extremadamente larga y abundante. Era todo tan nuevo como el gruñido que precedía a un disloque improvisado con lamentos, idas y venidas de sirenas y otros sonidos (habitual en la época desde los Beatles a los Stones, pasando por Rare Earth) hasta que irrumpía un corto y granítico punteo que inducía a un tremendo redoble de tambores de un baterista del que no sabíamos nada y que, enseguida, empezamos a comparar con sus colegas de la época, Ginger Baker y Keith Moon al frente.

Cuando oíamos por primera vez “Whole Lotta Love”, después de la siempre arriesgada operación de comprarse un LP (310 ptas. del ala adolescente) de un grupo nuevo casi sin paracaídas, es decir sin haber oído ni un pajolero tema antes, y sólo porque la muy avanzada revista “Disco-Express” llevaba semanas machacando con unos tipos que en los azarosos días de 1968-69 empezaban a romper los cascarones estandarizados de sistema musical británico y mundial. Led Zeppelin nombre por el que cambiaron el antiguo de New Yardbirds, para desengancharse de la herencia de Jimmy Page (su guitarrista), irrumpieron con un primer disco, algo más “abluesado” y desconocido para la gran distribución, pero rompieron todos los moldes con el “Led Zeppelin II” (1969), cuya cara A se abría con el pedazo de tema que hoy, 46 años más tarde, sirve de fondo para una colonia de Dior que el “vampirito crepuscular” Pattinson ilustra con su mona caída de ojos. O tempora o mores.

Cuentan todas las crónicas que el “riff” intenso, empujador y “casi prohibido”, como él mismo lo definió, se le ocurrió a Jimmy Page una tarde de 1968 en su casa, una barcaza del Támesis y que fue aceptado enseguida por sus otros tres colegas, Robert Plant (Cantante), John Paul Jones (Bajo) y John “Bonzo” Bonham (Batería) que siguieron el consejo del guitarrista: el “riff” era tan bueno que no sólo introduciría el tema, sino que sería su columna vertebral, vino a decir el heredero de Clapton y Beck en los Yardbirds, el tipo que quiso hacerlos renacer con dosis plomizas de Rhythm & Blues blanco y que, de rebote, creo la mayor banda de rock de la historia, digan lo que digan sus envidioso rivales. Para cuando el monumental Led Zeppelin II les llevó al nº 1 de las listas de todo el mundo, se desató la “Zeppelinmanía”, que los puso en el foco de todos y les permitió giras de dimensiones ciclópeas. Todo era grande en sus escenarios, barroco hasta el paroxismo, efectista: las guitarras de doble mástil de Page, su gusto por usar la distorsión con el arco de violín sobre las cuerdas de su Gibson Les Paul, todo era provocador y sus enemigos no tardarían en ir a por la tajada correspondiente.

Primero la condesa Von Zeppelin que empezó a tocar las narices con los derechos de autor del nombre, el dirigible y no sé que cuestiones más; después el bueno de Willie Dixon, leyenda del “blues” de Chicago que exigía “royalties” por “Whole lotta love” arguyendo que usaba parte de letras de sus canciones ( a este carro también se subió la banda Small Faces) y que no dejaría pasar una, lo que obligó a juicios interminables que cercenaron la credibilidad y originalidad de Led Zeppelin. Bien es cierto que Page y Cía., tomaban prestado del Rhythm & Blues Chicaguense más de una historia y más de dos compases, pero se limitaban a hacer lo que la discográfica racista hacía: no pagar un dólar por copyright a sus explotados autores negros. Cuando por fin las cosas llegaron a un justo cauce, no sólo los Zeppelin, sino los Stones, Beatles, Who, Rod Stewart y multitud de “british-bands” tuvieron que pasar por caja de una forma más o menos discreta. No obstante la duda sobre la autoría de los temas zeppelínicos sería una constante en su carrera que creció hasta tales endiosamientos que, como suele ocurrir, acabó engullendo a la banda tras nueve discos de estudio (uno de ellos póstumo) y doce años de carretera, problemas, excesos y leyenda.

Juanma Nuñez Rodrí­guez
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