Por Isabel Castañeda
Todas hemos sufrido en nuestras relaciones sociales a personas que han ejercido efectos negativos, llamémosles tóxicos, que han envenenado la convivencia.
¿Quién no ha conocido la agresividad verbal, incluso la física, la falsedad, la mediocridad, el autoritarismo injusto y sin sentido, la neurosis, la manipulación para conseguir determinados fines y la mentira como medio para disfrazar la verdad?
Está experiencia personal nos puede servir de base para comprender un mal que se está extendiendo como una mancha de aceite: la lucha sin límites por el poder.
Impera la ley del más fuerte; es la barbarie, la ley de la selva.
Esto no es nuevo, cada época tiene su propia barbarie; el siglo pasado ha soportado dos terribles guerras mundiales, un montón de guerras parciales intermedias, barbaridades como hornos crematorios de Hitler o los campos de concentración de Stalin, porque las barbaridades no son sólo de una sola parte, sino son parte de todos.
Y ya en el siglo actual, hemos padecido el ataque de Iraq, que se decía preventivo.
Recientemente estamos inmersos en varios conflictos: la guerra de Ucrania, el genocidio de Gaza por Israel, la guerra de Irán y la lucha por el petróleo, la situación irregular de Venezuela, también por motivo del petróleo.
Además, se da una situación que podríamos denominar de tecnobarbarie.
Si a toda la globalización le quitas internet y le quitas la informática, lo que queda es la explotación del mundo por los más ricos, como ha ocurrido siempre.
La tierra actualmente está poblada por tribus tecnificadas, con prejuicios en intereses enfrentados y de odios entre religiones que dicen amar al prójimo.
Si al poder injusto se le permite todo y nos regimos por la ley del más fuerte, retrocedemos a una barbarie que sólo se diferencia de las anteriores por su técnica mucho más destructiva: las nuevas tecnologías.
(No hablo de las tecnologías con uso benéfico: la medicina, la industria, etc, sino al uso contaminado por el poder)
Recientemente Trump, y todo su equipo de seguidores, se han opuesto a la regulación del uso de la IA y se han decantado por la autorregulación; lo que equivale a dejar el campo libre para utilizarla sin control.
Conviene despertar a esta realidad para tomar conciencia de lo que no queremos y obrar en consecuencia.