Por Isabel Castañeda
Con un poco de práctica, los adultos también podemos abrir nuestros sentidos al mundo sensible, como cuando éramos niños.
Acércate a un espacio natural, como puede ser un parque, un bosque, la orilla de un río o la playa.
Lleva tu atención a la respiración y a las sensaciones de peso, al efecto de gravedad en tu cuerpo. Si puedes, quítate los zapatos y siente tus pies en contacto con la tierra.
Sin abandonar estas impresiones, ve ampliando progresivamente tu campo de percepción: el roce del aire o del viento sobre tu piel, los cambios de temperatura, la luz, los colores, los olores, los sonidos del agua o el canto de los pájaros. Hunde tus manos en la arena o la tierra.
Acércate a las plantas, aspira su olor, toca sus partes, prueba su sabor... Mantén una actitud de observación pausada y déjate invadir completamente por lo que estás viviendo.
Disfruta del sencillo placer de estar presente y recréate en tus sensaciones y descubrimientos.
Al terminar, piensa en lo que ha ocurrido y has sentido. Compara lo que has experimentado con las percepciones de tu vida cotidiana. Seguro que te sorprenderá la respuesta.