Por Isabel Castañeda
Si a lo largo de nuestra vida hemos comprendido su juego, partiremos de la base de que la vida es cambio continuo.
Nada permanece, todo es un tránsito hacia un final, que se renueva con un nuevo principio.
Vivimos tiempos complicados, que se llevan por delante viejos esquemas y alumbran, a veces con dolor, novedades que para unos son atrayentes y para otros son inquietantes.
La brecha generacional es abismal; jóvenes y adultos parece que viven en distintos mundos.
Para quienes estamos en el tramo final, si mantenemos la curiosidad, lamentaremos no tener tiempo suficiente para contemplar ese mundo nuevo.
Para tener esta mentalidad de adaptación al cambio, es necesario despertar a esa realidad, aceptarla y prepararse para la carrera de obstáculos.
Conviene analizar la actualidad para ver los muchos problemas a los que nos enfrentamos y nos enfrentaremos.
Hemos vivido unos años de calma tensa, soslayando lo que a muchos amargaba su día a día: el grave problema de la vivienda, un bien inaccesible para muchos, los salarios que no van al ritmo de la carestía de la vida, la masificación de las grandes ciudades con un turismo descontrolado, que ha ido desplazando a sus vecinos, convirtiéndolas en parques temáticos; atractivos para inquilinos con buen poder adquisitivo, que vienen de otros países con un mayor nivel económico: por ejemplo, jubilados con pensiones más altas, que se asientan desplazando a los de aquí .
Estamos asistiendo a la manifestación del descontento, que ha puesto en ebullición a muchas personas de todas las edades, pero capitaneadas por jóvenes que son conscientes de que el futuro para ellos es muy negro.
La sociedad que conocemos está cimentada en un modelo, como mínimo, de hace más de 20 años, que se ha quedado obsoleto: pisos con varias habitaciones para parejas con hijos, con una cierta estabilidad económica.
Lo que impera ahora no tiene que ver con este concepto familiar y habitacional, favorecido por la cultura del ahorro.
Está visión ha cambiado totalmente, entre otras cosas, por la aparición de fondos buitre y grandes tenedores con mentalidad únicamente especulativa.
El enfoque vital es tan diverso como las personas: hay quienes viven solos, parejas que conviven un tiempo y se separan, parejas que tienen algún hijo en edades tardías, otras que deciden no tener, por las razones más distintas, entre ellas la inestabilidad económica y laboral, madres sin pareja, parejas que vienen de otras relaciones con cargas adicionales...
Los motivos son variables y entendibles para quienes los viven.
Para trabajar sobre esta realidad se exige creatividad, imaginación, conocimiento del presente, visión de futuro e inversiones enormes con resultados a largo plazo.
Pero antes hay que afrontar grandes problemas que exigen soluciones inmediatas, que alivien las necesidades de grandes colectivos.
Estas serán las urgentes y con sentido práctico.
Las ciudades deben combinar las viviendas y servicios con amplias zonas verdes, rompiendo los esquemas de edificios como enjambres, que contribuyen al deterioro de la salud física y mental.
Quienes saben de estos temas, anuncian que las viviendas serán más pequeñas, adaptándolas a la domótica, que exige una tecnificación de las mismas.
Menos habitaciones y la cocina con otra concepción, puesto que cada vez se cocina menos en casa.
Viviendas con zonas personales y otras para convivencia común.
Ya existen y están en marcha distintos tipos de ensayos donde trabajan sociólogos, psicólogos, economistas y financieros.
Los más rezagados suelen ser los políticos que van detrás de lo que la sociedad demanda, inmersos en sus cálculos partidistas.
Es un cambio de ciclo más de los varios que ha sufrido la humanidad; la diferencia es que antes se producían a ritmo de tortuga y ahora lo hacen a la velocidad de la liebre.
Ante este ciclón, las personas tenemos que abrir las puertas de la mente de par en par, para que la corriente circule y no nos arrastre.