Por Isabel Castañeda
El malestar que mucha gente siente viene de que actuamos como sujetos aislados.
La capacidad de escuchar, de intentar comprender al otro, no son rasgos habituales, pese a las facilidades de comunicación que brinda la tecnología digital.
Esta comunicación se contamina por una serie de factores:
Vemos el mundo como un gran bazar en el que elegir, según nuestra concepción de él.
Este sistema facilita la desconexión fácil, rápida y sin explicaciones.
No hay conversación, hay intercambio de frases.
No interesa aventurarse en las distintas maneras de concebir el mundo en la diversidad.
Buscamos la comodidad en la zona de confort, con personas que piensan como nosotros.
De esta manera, nos afirmamos en la idea de que nuestras opiniones son las de la inmensa mayoría.
Nos movemos en entornos de iguales y en redes sociales que refuerzan nuestros planteamientos.
Nuestra visión es parcial, no periférica.
No buscamos posibilidades, sino certezas absolutas, en un mundo incierto e inestable, lo que genera desconfianza y aislamiento.
"Quienes no piensan como yo, son enemigos".
Volcamos todos nuestros prejuicios sobre los que consideramos diferentes; a quienes vemos como una amenaza a nuestros intereses.
El color, la raza, las costumbres, el sexo, la edad, las distintas capacidades, todo es amenazante para quienes no conciben que la vida es diversidad, cambio y evolución.
No interesan los grandes pensadores, que invitan a la reflexión y al planteamiento de distintos puntos de vista.
"No ridiculizar, no lamentar, no detestar, sino entender", sería uno de ellos, según el filósofo Spinoza.
Se necesita volver a la serenidad, a la lectura sosegada y al estudio de las Humanidades.
Es imprescindible hacer un llamamiento, una vez más, a la cultura, la educación y… la amabilidad, para que el mundo no acabe en el precipicio de la zafiedad y la ignorancia.
La solución no es inmediata, como se exige en estos tiempos, sino a largo plazo como requieren los grandes proyectos.