Por Isabel Castañeda
En estos días de Semana Santa, observo el comportamiento social del país. Por una parte, metido de lleno en el mundo de las celebraciones, los rituales, las tradiciones y, por otra, quienes buscan en el ocio y las vacaciones un paréntesis en la rutina diaria y el descanso…
Mi sensación es que hay una búsqueda de felicidad en todo lo que nos rodea.
El tiempo acompaña, por lo que las carreteras y todos los medios de comunicación se ven saturados.
Grandes masas de personas se desplazan como obedeciendo una orden.
Las ciudades, con todo lo que ofrecen, cultura, gastronomía, actividades recreativas, etc… se ven saturadas.
Las playas y las casas rurales prácticamente al completo.
Las procesiones, en la parte norte más austeras y silenciosas, en el sur, explosivas de color, perfumes y música.
Vivimos en un país privilegiado, donde se pueden tener estas condiciones, como si el mundo fuera un paraíso al alcance de todos.
Si dirigimos la mirada alrededor de nuestro centro vemos, como contraste, la otra cara de la vida: la destrucción, la desdicha y la muerte…
Mi manera de encarar estas fechas es la reflexión y me doy cuenta que hay dos formas de entender la existencia: vivir como si nada fuera un milagro o vivir como si todo fuera un milagro.
En el primer caso, parece que se ha abierto la caja de Pandora y todos los males se hubieran extendido por el mundo: egoísmo y avaricia de los que mandan, ansia de poder, valoración exclusivamente del dinero y, como consecuencia, una brecha social insalvable: una minoría cada vez más enriquecida y una mayoría cada vez más empobrecida.
De esto se deriva que una gran parte de la humanidad sufra de carencias básicas, que generan enfermedades y muerte.
Si se añaden las guerras provocadas por la locura de dirigentes sin valores, tenemos los ingredientes necesarios para que la desgracia descienda sobre el mundo.
En esta concepción de él, no hay milagros. Se culpa de todos los males al destino, la naturaleza desatada, la mala suerte, lo inevitable, al contrario, al diferente que nos provoca miedo, a la inseguridad, en una frase: “a todo lo que nos rodea”.
En el segundo caso, está la actitud de quienes ven todas las pequeñas cosas que nos suceden cada día como regalos que hay que valorar y agradecer.
Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos disfrutamos de agua, comida, techo, servicios, afectos y atenciones que, por cotidianas, pasan inadvertidas.
Tener todas estas cosas, es un auténtico milagro.
Lo triste es que se tienen que perder para que les demos su verdadero valor.
Exigimos más y agradecemos menos.
Hay que darle la vuelta: agradecer más y exigir menos.
Si así lo hacemos, ¡Todo es un milagro!