La banalidad del mal

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Son las 20:01 del , 14 de Diciembre del 2025.
La banalidad del mal

 

Por Isabel Castañeda

 

Los últimos acontecimientos de explosión de violencia, generada por concentraciones movidas por el rechazo a la migración, ponen en evidencia la fragilidad de la racionalidad del ser humano.

Hemos ido evolucionando a lo largo de la historia en la consecución de derechos y obligaciones, para hacer una sociedad más equilibrada.

En pleno siglo XXI, cuando parecía que éstos estaban asentados con leyes y normas, promovidas después de la Segunda Guerra Mundial para no caer en los mismos errores, surgen grupos que intentan derrocarlos.

A la vista de estos acontecimientos, he recordado a Hannah Arendt, fallecida en 1975, filósofa e historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora y teórica política alemana, después nacionalizada estadounidense...

En una de sus obras "La banalidad del mal", analiza cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos, cuando se realiza como un procedimiento burocrático, ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas y morales de sus propios actos.

Observo que en la era de la información, el sufrimiento social es presentado como espectáculo.

Hay una indiferencia ante el dolor de los demás, como efecto de la saturación de imágenes de destrucción y matanzas, transmitidos por televisión en el espacio íntimo familiar, hasta el punto de integrarlos en la rutina diaria.

El poder totalitario conforma sujetos incapaces de pensar sobre el sentido moral de sus actos alienados, al punto de que la obediencia a un líder, los lleva a justificar como normal el exterminio de otras personas.

Se intenta, por parte de los regímenes totalitarios, eliminar todo rasgo humano de los individuos.

Se anula su capacidad de ser espontáneos, reduciéndose su manera de obrar a la mera reacción ante diferentes estímulos. Actúan sin reflexionar sobre sus actos, sólo se rigen por el cumplimiento de la consigna recibida.

La violencia utiliza los instrumentos de coerción física, cuya meta es la sumisión de los individuos, que conforman una comunidad ideologizada, a un líder.

La violencia es producto de la evolución cultural, donde se moldea al individuo desde el aprendizaje y desde sus hábitos violentos.

Según Hannah Arendt, el sujeto ideal para el gobierno totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino la gente descontenta con su situación personal, intoxicada a través de una saturación de mensajes manipulados, para quienes no existe distinción entre hechos y ficción, entre lo verdadero y lo falso.

Son caldo de cultivo para ser utilizados, ofreciéndoles la solución a sus problemas con discursos elementales, pero sin consistencia.

Para revertir esta tendencia, es necesario un cambio cultural y educativo, que permita utilizar el pensamiento, en difícil competencia con las redes y la IA.

Como siempre, una utopía a muy largo plazo, pero es la única esperanza.

Isabel Castañeda