Por Isabel Castañeda
El desplazamiento a lo largo y ancho del planeta en busca del entorno propicio donde satisfacer las necesidades básicas o donde mejorar las condiciones de vida es "una cualidad innata" de los seres humanos. Una cualidad que ha hecho posible la supervivencia de cazadores y recolectores, la dispersión de la especie en los continentes, la difusión de la agricultura, el asentamiento en espacios vacíos, la integración del mundo y la primera globalización.
Esta tendencia del ser humano a instalarse en nuevos lugares supone siempre una aventura que, casi siempre, se torna en una arriesgada empresa que incluye soledad, decepciones, angustia y, lo que es más grave, abusos e injusticias.
Empatizar con el migrante es reconocer que está hecho de la misma sustancia que nosotros. Es reconocer que también podríamos estar nosotros mismos en su situación o nuestros hijos, como también quizá lo estuvo en algún momento alguno de nuestros antepasados. Ser migrante no es ajeno a nuestra condición humana. Migrar es, sencillamente, un derecho humano.
Construir puentes:
La "era del riesgo", junto con la incertidumbre, la inseguridad y la desconfianza, nos hace vivir como rehenes de sucesivos ciclos de miedo, a veces a la "invasión de extranjeros", al terrorismo, a una pandemia, a la guerra, etc.
De ciclo en ciclo, hay un hilo conductor en estos procesos de miedo: la "otrificación", como creación artificial de un "otro" que representa una amenaza y es peligroso.
En cada crisis, este movimiento oscuro diversifica sus objetivos y va acompañado de una reacción de hostilidad que fácilmente se convierte en agresión irracional. La del "chivo expiatorio" sigue presente en nuestra vida cotidiana. Lo oímos en la calle, en el trabajo, los medios...El miedo nos domina porque los peligros son a escala mundial y no deja de sorprendernos, por desgracia, porque no nos cansamos de repetir los errores del pasado.
El único camino hacia la paz es que haya menos "otros" y más " nosotros". La convivencia requiere un ejercicio continuo de construcción de puentes y, por difícil que sea, vale la pena pensar que" en cada río siempre hay un lugar donde se puede construir un puente, pero hay que encontrarlo ".
Manifiesto:
"Una sola humanidad compartida", que nos anime a ir más allá de los estereotipos y reconocer una humanidad común"
-Reconozcamos las diferencias que amenazan con convertirse en división y tratémoslos de forma no violenta con un espíritu de respeto.
-Hagamos más por reconocer nuestra humanidad compartida cultivando conexiones entre orígenes, tradiciones y creencias diversas.
-Creemos espacios de encuentro donde todos puedan pertenecer, dar y recibir y donde un extraño pueda convertirse en un amigo.
-Garanticemos que todas las personas puedan disfrutar de las mismas oportunidades para desarrollar sus talentos y potencial humano en comunidad para poder determinar activamente su futuro y el de su familia.
-Nunca olvidemos que, en un mundo tan necesitado de sanación y renovación, dar espacio a la participación real de quienes sufren las terribles consecuencias de la violencia es el primer paso hacia la justicia".