Por Isabel Castañeda
Cuando te paras a observar la naturaleza, consciente del milagro que se renueva con cada estación; cuando a partir de ésta, intentas ir más allá y piensas lo que es nuestro mundo con relación al Universo, te sobrecoge la inmensidad y el misterio que lo envuelve.
Hay muchas investigaciones, muchas preguntas que tienen respuestas; pero a cada explicación le surgen otros muchos interrogantes y, entonces, somos conscientes de nuestra pequeñez. Somos minúsculas partículas de un todo maravilloso que se controla a sí mismo, surgido de un aparente caos perfectamente equilibrado en "sus leyes", en perpetuo movimiento.
Si tomamos consciencia de esta inmensidad, es posible formar parte satisfecha y acomodaticia de la pequeñísima parcela que nos ha tocado a cada uno para vivir. Estamos condenados a hacerlo en una especie de pecera, evolucionando en la misma dirección y obligados a compartir espacio, intereses, miserias y proyectos limitados.
Este pequeño cosmos está condenado a mirarse el ombligo y a creerse que es el mejor de los mundos posibles. Sus habitantes se convierten en guardianes de sus usos y costumbres y mantienen una mirada vigilante para estar al tanto de que todos cumplen las normas, que cada uno cree que son las correctas.
De vez en cuando, surge algún pez en esta pequeña pecera que se empeña en nadar en dirección contraria y sobresalta a la comunidad que, primero suavemente y después en un murmullo creciente, afea la conducta del que se atreve a contravenir la norma.
Salen entonces las miserias, las intransigencias y las incomprensiones capaces de aniquilar al osado.
Nadar contracorriente es difícil y más hacerlo con elegancia y sabiendo el itinerario a seguir.
Para comprender esto, sólo hace falta observar lo que ocurre a nuestro alrededor. Después, ampliar la visión a través de los medios de comunicación y comprobar que la aldea global se ha convertido en una especie de mercado, donde todo tiene un precio que no se corresponde con su valor.
La vida, que es lo más hermoso, no vale nada en muchos lugares del mundo y lo que se cotiza es la mediocridad, la falta de escrúpulos, el engaño, la mentira, la ley del más fuerte y el enriquecimiento rápido, saltándose las más elementales normas de respeto al medio ambiente y el equilibrio natural.
El mundo parece una grillera, lleno de ruido, locura, desquiciamiento, empeñado en devorarse a sí mismo y condenado, al paso que va, a ser pasto de la codicia, los bajos instintos, la ambición y las ideas descabelladas. Hay una especie de locura colectiva, donde todos gritan, se insultan, se agreden y están en posesión de su "verdad" y, en nombre de ésta, matan y se ufanan diciendo que Dios está de su parte.
A la vista de esto, dan ganas de decir: "Que paren el mundo que yo me bajo".
Afortunadamente, en medio de este desquiciamiento y, si sabemos mirar, encontraremos pequeñas cosas que, a los que no hemos perdido la esperanza, nos hacen ver que la vida es mucho más que las miserias que parecen que mueven el mundo que nos ha tocado vivir.
Hay bondad, solidaridad, Amor, inquietudes por hacer un mundo mejor, creencias pacificadoras, búsqueda de espiritualidad, belleza, creatividad, respeto a las diferencias, comprensión hacia lo que no se entiende, curiosidad por lo desconocido y admiración hacia la Grandeza Universal.
Para que estas ideas se extiendan, las personas tenemos que empezar por intentar comprendernos, respetarnos y amarnos a nosotras mismas como individualidades maravillosas e irrepetibles y, después, por extensión, lo haremos con el resto del género humano. De este respeto vendrá un cuidado mayor por el mundo que nos acoge y un deseo de salvarlo, equilibrando el reparto de potencialidades y bienes.
Es un sueño; pero es necesario intentar realizarlo.