Por Isabel Castañeda
Los acontecimientos recientes ponen en evidencia, para quienes quieran ver y confíen en la ciencia, que la crisis climática es una invitación a hacerlo todo de otra manera.
Hay una resistencia, porque se da por sentado que hay que hacer renuncias.
Quizá pueda significar renunciar a cosas que te hacen profundamente infeliz.
O se hacen los cambios, que la ciencia ha demostrado que son necesarios, o dejamos que el descontrol se lleve por delante a personas y lugares.
Hemos visto muchos ejemplos: incendios voraces, inundaciones devastadoras, hambrunas en África, etc.
Hay que replantearse qué se considera riqueza y qué pobreza, qué es el bienestar y qué es lo contrario.
Una minoría rica posee una cantidad excesiva de cosas, mientras que la mayoría vive una vida modesta o de necesidad extrema.
Incluso los ricos viven en un mundo de incertidumbre y desconfianza en el futuro y los lazos sociales, la salud física y mental, con los que se mide el bienestar, son desoladores.
La quema de combustibles fósiles nos hace más pobres: contamina, desestabiliza la temperatura y el clima, lo que produce desesperanza y ansiedad, especialmente, entre los jóvenes, que se enfrentan a un futuro incierto.
El aire contaminado causa la muerte a más de ocho millones de personas al año en el mundo y causa daños a muchos más, especialmente en los niños.
Todos tenemos la sensación de que lo que está sucediendo no es bueno.
Las desigualdades sociales van en aumento, las personas sin techo o con deudas inasumibles, las adicciones, la pobreza energética y alimentaria, la pobreza infantil, son problemas evidentes.
La crisis climática exige el cambio hacia las energías renovables.
Hacer lo que el clima exige, supone renunciar al despilfarro y el consumo sin límites.
¿Y si en lugar de cifrar el bienestar en tener, solamente, nos imaginamos que poseer riqueza consiste en poseer alegría, belleza, amistad, comunidad, acceso a la naturaleza exuberante, aire y agua limpios, alimentos de buena calidad, producidos sin abusar de los trabajadores ni de la naturaleza?
Es necesaria la moderación en el consumo: consumir menos significa gastar menos dinero, que significa dedicar menos tiempo a ganarlo, que significa tener más tiempo para todo lo demás que no se consigue con dinero.
Vivir con un agobio constante, siempre corriendo de un lugar a otro, se ha vuelto algo habitual y va en detrimento de la vida familiar y social y las actividades creativas más gratificantes.
La prueba de ello ha surgido en las catástrofes, donde ha aflorado la solidaridad, produciéndose una sensación de belleza moral que surge cuando hay coraje, generosidad y principios.
En medio de una crisis, se aprende a valorar las cosas importantes.
No podemos seguir cometiendo los mismos errores, que llevan a un punto sin retorno.