¿A qué suena la tragedia?

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Son las 05:33 del Lunes, 6 de Diciembre del 2021.
¿A qué suena la tragedia?

Ahora que aparentemente estamos saliendo de la pandemia y parece que esa nueva normalidad está cada vez más cerca (ya veremos qué es lo que significa exactamente eso de nueva, las consecuencias que traerá consigo y en qué se diferencia de la normalidad de antes), se me plantea una pregunta como contrapunto a todo el romanticismo y cuasi idealización del confinamiento que nos han estado invadiendo en las últimas semanas: ¿A qué suena la tragedia? ¿Suena la tragedia a música desde los balcones (de la cual admito que he sido cómplice y que es de las pocas cosas que me han gustado del confinamiento), a datos catastróficos con un final excesivamente edulcorado para que nos creamos que seguimos viviendo en un mundo donde más allá de nuestras cuatro paredes y ventanas no está pasando nada malo? ¿Suena a aplausos, Resistiré y añoranza? ¿O suena más bien a llanto, soledad y dolor? 

Lejos de dar una respuesta al uso, y para centrarnos en la música que es lo que aquí nos interesa, me voy a permitir hacer un paralelismo sonoro con otra de las catástrofes que sufrió el mundo el siglo pasado: los bombardeos de Hiroshima. En agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Hiroshima sufrió el ataque de una bomba atómica, dejando tras de sí unas 166.000 víctimas. 

Entre la bomba atómica y el Covid-19 hay un abismo sonoro, eso está claro, y si no, imaginad y comparad el estruendo tan ensordecedor que tuvo que producir aquella bomba y el sigilo tan imperceptible con el que se mueve y expande este virus, sin apenas hacer ruido.  En música, si lo tuviéramos que escribir, seguramente sería como comparar a una orquesta sinfónica sonando a la vez en un fortísimo contra una sutil tecla, de las más agudas del piano, tocada y repetida en un pianísimo casi imperceptible que poco a poco va accelerando. Sin embargo, a pesar de la diferencia abismal que existe entre una situación y otra, entre el estruendo y el inquietante tintineo, el resultado en el oyente seguiría siendo el mismo: pavor, espanto... 

Muchas canciones han sido editadas durante esta cuarentena, pero si se me permite, creo que forman parte de ese romanticismo del confinamiento que he mencionado anteriormente en el que desde los medios y las redes nos inyectan una dosis de esperanza demasiado edulcorada que enmascara la situación tan trágica que estamos viendo. Por ese motivo, considero que todas esas producciones (que en su gran mayoría están cargadas de buenas intenciones y son altamente elogiables, no se me malinterprete), no dan una respuesta con la que enfrentarse cara a cara, a la tragedia. Para mí, una respuesta verdaderamente realista a la pregunta de ¿A qué suena la tragedia? es el “Treno a las víctimas de Hiroshima”. Esta pieza musical fue compuesta por el compositor  polaco Krzysztof Penderecki (quien lamentablemente acabo de darme cuenta que ha fallecido durante esta pandemia, aunque no he logrado averiguar las causas de su fallecimiento) en 1960 como homenaje a aquellas vidas que se perdieron durante la explosión de la bomba atómica. En esta obra que tiene unas reminiscencias barrocas en cuanto a la forma, el compositor explora diferentes texturas musicales que nos van conectando con la tragedia y nos hace imaginar el espanto que tuvieron que sentir las miles de personas que allí se encontraban. 

A continuación os pongo la obra bajo la advertencia de que no es una música fácil de escuchar, pero que considero que es la repuesta más fidedigna a la cuestión que nos atañe.

 

 

 

Para finalizar el artículo, y a sabiendas que me dejo llevar por ese edulcorado romanticismo que antes he mencionado, me gustaría compartir una pieza experimental llevada a cabo por Pianohooligan sobre este compositor:

 

 

Marcelino Mora González

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