Dicen los sufíes que hablar de uno mismo en tercera persona tiene numerosos beneficios para la mente, el cuerpo y el espíritu. Hablar en tercera persona es una buena práctica psicosomática para superar el estrés.
Cuando le preguntaron al mulá Nasrudín cuál era el medio fundamental por el que los sufíes iban más allá del ego limitante y se liberaban de los pensamientos obsesivos sobre uno mismo, el maestro contestó: “Habla como un niño de tres años”. Como diría el bebé Juan, “Juan tiene hambre”, “Juan tiene sueño…”.
¿Y qué pasa con los aspirantes espirituales? ¿Cómo incorporan esta idea de hablar en tercera persona a su práctica? ¡Ajá! Lo hacen en su “meditación de testigo”. Joe, el meditador, dirá para despegarse de un recuerdo doloroso: “Joe le habló groseramente a Anna”. Con este enfoque refinado, uno pone distancia entre su alma y los parloteos que la mente expande hasta el infinito y hasta la náusea.
Todos conocemos a personas (incluidos personajes públicos) que hablan de sí mismas en tercera persona, imitando sin saberlo a los budistas tailandeses. Una de las principales preocupaciones de los budistas es destruir su ego, mientras que muchas de esas personas que hablan frecuentemente sobre sí mismas en tercera persona lo acrecientan. Así pues, una advertencia para los lectores: si se sienten impulsados a disminuir su ego y hablar para ello en tercera persona, aprendan primero las habilidades necesarias. Es un asunto importante en la vida espiritual.
Los comentaristas de los Yoga Sutra de Patanjali dicen que estamos sepultados bajo los escombros de casi 60.000 pensamientos al día, toda una avalancha incesante de autocompasión, quejas sobre uno mismo y sobre los demás. Una persona con inclinaciones espirituales que desee entregar las riendas de su mente al Purusha testigo (ver Yoga Sutra I.3), tiene que dar marcha atrás y enviar a su yo inferior a hibernación. Debe aprender a hablar en tercera persona y así efectuar un cambio lingüístico de consecuencias psicológicas y espirituales.
Una buena práctica para lograrlo es la de Mauna (silencio). No nos referimos aquí al silencio que deriva de algún trastorno mental, sino al silencio que surge de la conciencia del alma. Para practicarlo, invierte la lengua y haz que toque el paladar antes de hablar en tercera persona. Deja un intervalo entre el pensamiento y el habla. Y comprueba cómo la maravilla de una nueva habilidad neurolingüística se desarrolla en ti.
¿Cuáles son los beneficios de esta técnica combinada de Mauna y hablar de uno mismo en tercera persona? Veamos:
Por lo tanto, aprender a hablar en tercera persona es una práctica psicosomática muy relajante y una buena forma de aliviar el estrés. Como resultado de esta práctica, si alguien te ofende, puedes lograr que sus palabras “te resbalen” sin llegar a afectarte. Puedes alcanzar un estado básico de Samatvam –ver Bhagavad Gita II.48 y siguientes – en el que la meditación, entonces, se convierte en un logro y los bhavas Dharma, Jnana, Vairagya y Aisvarya florecen.
En conclusión, la práctica de hablar de uno mismo en tercera persona, al estilo de los sufíes, es una habilidad que vale la pena aprender. Nos ayuda en nuestras meditaciones en las que adoptamos el papel de testigo, de meros observadores de nuestros pensamientos, sentimientos o emociones, sin aferrarnos a ellos. Ayuda asimismo a reducir la naturaleza locuaz de nuestra lengua, nos da paz y felicidad y nos inicia en nuestro camino espiritual cuando se hace en conjunción con prácticas de yoga y meditación.
Harold Sequeira
Maestro de Yoga en The Yoga Institute de Bombay (India)
Ilustración: Harold Sequeira
Traducción y edición: Juan Felipe Molina