En un tranquilo y polvoriento pueblo llamado Villa Telefón, enclavado entre suaves colinas y vientos susurrantes, vivía un hombre conocido simplemente como Simón. Era un alma gentil, de mirada bondadosa, solitario y pobre en posesiones, pero rico en sueños.
Simón no tenía familia, ni aparatos modernos, ni pantallas destellantes que lo acompañaran como al resto de los habitantes del pueblo. Mientras el mundo se hacía más brillante de dispositivos y más ruidoso de notificaciones, Simón observaba desde fuera, contento con el silencio, pero a veces anhelando conectar.
Los dioses, allá en lo alto en sus reinos sutiles, se dieron cuenta de todo esto. En su reunión celestial, miraron hacia abajo y vieron a Simón: encantador, pero solitario. Y sus corazones se llenaron de compasión.
Simón, siempre ingenioso, un día encontró una vieja caja de zapatos abandonada junto al camino. Sus dedos, ágiles tras años de trabajo, se pusieron manos a la obra. Modeló, dobló, coloreó y dio forma al cartón con esmero. Pronto, este dejó de ser una caja de zapatos para convertirse en un teléfono. Uno mágico, al menos para él.
Simón le hablaba a su teléfono, le susurraba sueños, reía y cantaba con él. Y los dioses, escuchando atentamente, se conmovieron. De modo que, en su siguiente consejo semanal, decidieron: "Regalemos a este hombre una maravilla nacida de su propia creación". Y con sus siddhis, insuflaron vida al teléfono de cartón.
De repente, la humilde creación de Simón se iluminó, respondió y aprendió. Se convirtió en un teléfono inteligente, no de silicio y circuitos, sino de imaginación, corazón y chispa divina.
Poco después, un gran congreso de compañías telefónicas se reunió en Villa Telefón. Simón, como un curioso ciudadano, entró. Vestido con ropa vieja, portando su extraña caja, se paró entre elegantes ingenieros y orgullosos directores ejecutivos. Cuando el presidente pidió nuevas mejoras, Simón dio un paso al frente. Levantó su teléfono y éste se encendió, sonó y brilló, haciendo cosas que nadie había visto jamás. La multitud se quedó en silencio, estupefacta, y luego estalló de asombro.
Se construyó una fábrica en el pueblo y Simón, siempre humilde, solicitó trabajo como mecánico. Ascendió rápidamente: su habilidad era inigualable, su espíritu incansable. Con el tiempo, se convirtió en director general, y luego en algo aún más grande. Los dioses, siempre vigilantes, lo visitaban en sueños, guiándolo, animándolo.
Con el paso de los años, el nombre de Simón se extendió por todas partes. Sus inventos mejoraron las vidas de muchas personas. Su liderazgo trajo prosperidad. Finalmente, el pueblo lo coronó Rey Simón, gobernante del Paraíso Telefónico.
En el día de su coronación, Simón regaló un teléfono inteligente a cada alma necesitada de su tierra; no un dispositivo de distracción, sino de conexión, aprendizaje y luz.
Y así vivió Simón, siendo un hombre feliz y un rey noble. Y su tierra se erigió en la cuna de una nueva era, donde los sueños se convertían en dispositivos y el cartón albergaba magia.
Harold Sequeira
Maestro de Yoga en The Yoga Institute de Bombay (India)
Traducción: Juan Felipe Molina