La irrupción del ego

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Son las 08:46 del , 8 de Marzo del 2026.
La irrupción del ego

 

 

Durante una apacible mañana de domingo en San Sebastián, con el mar desplegando su calma azul plateada y el paseo marítimo repleto de familias, bicicletas y animadas conversaciones, un simple instante nos reveló una profunda verdad.

Mis dos amigos de Euskadi, amables y cariñosos, habían traído una caja de chocolatinas para su hija india adoptada. Mientras caminábamos, disfrutando de la brisa de la Bahía de La Concha, nos encontramos con otra pareja local y su alegre hija de cinco años. En un gesto de amabilidad, mis amigos le ofrecieron una chocolatina a la pequeña. La madre, sonriendo, animó a su hija: “Comparte, querida”. Pero, de repente, la niña apretó la caja contra su pecho y su mirada se endureció. “Esto es mío”, dijo.

Fue una transformación instantánea. De la inocencia a la posesión, de la apertura a la contracción. En tan sólo un segundo, vimos brotar el ego: crudo, directo, sin matices, instintivo. No hicieron falta lecciones de filosofía ni largos discursos. Sólo una caja de chocolatinas, que se convirtió en la semilla a partir de la cual se desplegó el ego.

El yoga habla de kleshas, las aflicciones mentales que perturban la claridad. Entre estas aflicciones está asmita, el sentido del “yo”, que tan fácilmente puede convertirse en una espina. Con frecuencia imaginamos el ego como algo dramático, algo ligado al orgullo o al éxito, pero sus primeras manifestaciones pueden aparecer en escenas tan sencillas como la anterior. Una niña reclamando “mi chocolatina”, un adulto reivindicando “mi opinión”, una nación defendiendo sus fronteras. El envoltorio es diferente, pero el mecanismo sigue siendo sorprendentemente el mismo.

El ego surge cada vez que la mente pasa del fluir al aferrarse. Y entonces llega el acto de apretar, de dibujar un círculo alrededor del “yo” y de “lo mío”. Comienza como una pequeña agitación en la infancia y puede convertirse en un maremoto en la edad adulta: en celos, competencia, territorialidad y, a veces, en la peligrosa arrogancia de líderes cuya infantilidad se ve respaldada por su poder. Una caja de chocolatinas se convierte en la metáfora de todo un país, toda una ideología, todo un mundo que uno quiere poseer. Y las consecuencias, a diferencia de la pequeña negativa de la niña de nuestra historia, pueden ser tremendas y devastadoras.

En la vida diaria, el yoga nos invita a observar el ego tal como se observa a un pájaro posarse en una rama: no juzgando, sino con curiosidad. “Ah, ahí viene”, nos decimos al verlo llegar, en lugar de sentir tensión, de aferrarnos a la exigencia o dejarnos acometer por el deseo. Mediante estas pequeñas reflexiones, las kleshas pierden su control sobre nosotros. Pues al ser conscientes, el apego se suaviza y el compartir vuelve a ser algo natural.

Aquel momento en la playa se convirtió en una sutil enseñanza. El mar mantuvo su ritmo, las familias continúaron su paseo y la niña volvió a jugar, olvidándose de las chocolatinas. Pero la lección permaneció: el ego es rápido, agudo y persistente. Sin embargo, la conciencia (que es la esencia del yoga) es aún más rápida, y capaz de transformar un puño cerrado en una palma abierta.

Al final, no se trata de reprimir el ego, sino de verlo. Y al verlo, al ser conscientes de él, dejar que se disuelva, como una chocolatina en una soleada mañana de San Sebastián.

 

Harold Sequeira

Maestro de Yoga en The Yoga Institute de Bombay (India)

 

Fotografía: Harold Sequeira

Traducción: Juan Felipe Molina