Los sufíes (místicos musulmanes) trascienden el ego y sus aflicciones (llamadas kleshas en yoga) a través de la meditación, el mantra y el baile. Ellos hablan de sí mismos en tercera persona: “Mulá tiene que meditar ahora”.
Vestidos con ropa de lana áspera, se adentran en el desierto en una noche oscura y ejecutan la sadhana (práctica) sufí para someterse a la voluntad de Dios
Mi experiencia con la danza meditativa derviche sufí
Nos hallamos en una sala grande. Afuera, los árboles se mueven grácilmente, mecidos por la fresca brisa primaveral. Varios sufíes, vestidos con trajes blancos, entran con sigilo. Uno de ellos me explica el simbolismo de su ropa. Me dice que llevan sombreros altos de fieltro que representan lápidas; faldas largas y trajes blancos que representan sudarios y unas capas negras que se quitarán.
La khirqa (“trapo”, en árabe) es el manto de lana que los maestros sufíes tradicionalmente otorgaban a quienes se unían al camino sufí, en reconocimiento a su sinceridad y devoción. Además, esta túnica es como una mortaja para su ego, ¡para el entierro del ego!
El derviche es un amante de Dios, un renunciante. Ser derviche es renunciar al amor propio, consagrarse a la humildad y al autosacrificio, y no menospreciar ni hacer daño a nadie.
Y entonces, bailamos
Comienza el majestuoso baile: giros y giros sobre uno mismo acompañados del silbido de la amplia falda blanca dando vueltas y más vueltas. Los zapatos de suave cuero rozando levemente el suelo de mármol. Los ojos alzados al cielo en un trataka celestial. El bhrumadhya, el espacio del tercer ojo, alcanzando una nitidez excepcional para la visión interna. La mente y el alma se preparan para la visión interior de lo Divino. El trance no puede estar lejos.
Los minutos pasan y para nosotros, neófitos, es como si transcurrieran horas. Girando con los sufíes sentimos el mareo. El joven que baila a mi lado parece etéreo, un ser no humano. Entonces me doy cuenta de que ha pasado una hora y, de repente, el joven cae al suelo. Una caída controlada tras la que el joven yace desmayado sobre el mármol, entregado al samadhi sufí. El ego ha sido trascendido y el alma resplandece.
Harold Sequeira
Maestro de Yoga en The Yoga Institute de Bombay (India)
Traducción: Juan Felipe Molina