Narváez y la espada de Napoleón en Puertollano

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Son las 21:26 del Miércoles, 16 de Octubre del 2019.
Narváez y la espada de Napoleón en Puertollano

EL TELÉGRAFO

Nunca antes el día 31 de agosto había sido fiesta de guardar en Puertollano. Pero aquel sábado (día plenamente laborable en el siglo XIX, y en el XXI para según qué españoles) todos los vecinos de la comarca dejaron a un lado sus quehaceres cotidianos, cerraron sus pequeños negocios, buscaron en sus armarios los mejores atuendos y se lanzaron a la calle a celebrar el  día de san Ramón Nonato. Resulta que coincidió la estancia del General Narváez —don Ramón María Narváez y Campos— en nuestra ciudad con la celebración de su fiesta onomástica.

Meses antes, el 25 de marzo, el periódico “La Esperanza” se hacía eco de cómo el gobierno se estaba apresurando para acabar “las nuevas líneas telegráficas” hacia Andalucía, enviando a don Esteban Muchan (representante de la compañía), quien “Parece tiene prometido que por todo el mes de mayo hará que se hable desde Madrid á Puertollano. Parece ser que lo consiguieron si nos atenemos a una larga columna del periódico “Diario Constitucional de Palma” (2 de septiembre), en el que se da cuenta de los problemas surgidos en Cádiz: un tal don Alejandro Mon, apoyado por los comerciantes de la ciudad y el periódico “El Contribuyente”, está sorprendiendo a propios y extraños, siendo su triunfo en las próximas elecciones algo inesperado y prácticamente inevitable. Se habla de crisis ministerial y de que el ministro de Estado está a punto de dejar su cartera. Sin embargo, el articulista concluye: “Creo que esta noticia no tiene fundamento. Lo que sí puedo decir á Vds. que el telégrafo ha estado hablando casi toda la mañana en la dirección de Puertollano, que como Vds. saben es donde se encuentra actualmente el duque de Valencia”. Es decir, el General Narváez.

 

 

EL PROTAGONISTA

 

¿Pero quién era este señor y por qué recibió tal acogida en nuestra ciudad? Don Ramón María Narváez y Campos, el General Narváez fue, por supuesto, un Grande de España conocido en su tiempo por “el Espadón de Loja”. Esto nos revela que nació en Loja (Granada), y que se dejaba ver con una deslumbrante espada al cinto de la que hablaremos más tarde. La fecha de nacimiento no está muy clara. Algunas biografías la datan en 1799, otras en 1800 y algún periódico de la época en 1806. Sea como fuere, y puesto que ya él  no nos lo puede aclarar (salvo que alguno tenga fe en las güijas), Narváez tenía, como mucho, 51 años de edad durante su estancia en Puertollano (nos visitó con anterioridad y también lo haría posteriormente). Para entonces ya era Presidente del Consejo de Ministros de España, o sea, lo que ahora entendemos por el Presidente del Gobierno. Seguro que se hablaba en los corrillos de la Corte de su vertiginosa carrera militar. A los 33 años era capitán; a los 36, brigadier; a los 38, mariscal… Durante el reinado de Fernando VII (bastante absolutista él, por cierto) no quiso cargos al sentirse él  más bien de tendencias liberales. Conviene no extrapolar los conceptos “liberal” y “conservador” a como los entenderíamos hoy en día. ¡Que esto sucedió hace casi 170 años, por Dios!

 

Narváez conocía nuestra ciudad y La Mancha desde 1837, bajo el reinado de Isabel II, aunque ésta aún no era mayor de  edad. Vino por aquí a combatir a los Carlistas, durante la guerra del mismo nombre. Los Carlistas —defensores del Altar y el Trono—representaban lo más fanático y rancio de la sociedad española. Anteponían la Ley de Dios (entendida a su manera) a cualquier idea foránea o moderna que osara cruzar los Pirineos. Para que nos entendamos: eran una especie de “yihadistas-católico-castizo-palurdos”, que se paseaban por la geografía española como el caballo de Atila. Aquel año Narváez organizó y lideró desde las filas de los Isabelinos (Constitucionalistas) la “Reserva Andaluza” para pacificar la Mancha y acabar con el cabecilla de los Carlistas “Palillos”, aquí establecido. La empresa fue todo un éxito y al tal “Palillos” lo debió dejar hecho astillas, porque sus actividades disminuyeron hasta cesar, alguno de sus familiares fueron ejecutados, aunque su leyenda perduró durante muchos años, incluso después de su muerte (este personaje merece, sin duda, un capítulo aparte). Por éste y otros fardes de esta guisa, la Reina Isabel II, siendo ya mayor de edad,  le otorga la dignidad de Grande de España (que, por cierto, era hereditaria) y le nombra Duque de Valencia.

 

Entonces las guerras eran más lentas y sobre todo los oficiales se tomaban su tiempo entre trabucazo y sablazo. Fue seguramente así como Narváez comenzó a visitar la casa de Baños de Puertollano (además tenía familiares en La Mancha), que había empezado a ofrecer servicios desde las últimas décadas del siglo XVIII. Debió hacer oídos sordos a la descripción que en su tiempo redactó sobre el lugar Pascual Madoz, quien lo calificó de poco menos que inmundo. Lo cierto es que era un lugar muy sencillo, cerca de la Fuente Agria. A pesar de ello, desde 1824 ya contaba con un médico-director, aunque fueron indudablemente las visitas de Narváez las que propiciaron la mejora del inmueble que ahora conocemos, así como la siembra de árboles en el paseo y el trazado de “un camino ancho” hasta Ciudad Real.

 

 

EL ENTORNO

 

El ambiente que se respira en la ciudad durante aquel 31 de agosto nos lo describe tanto “El Heraldo” como “La España” en sus páginas: una apreciación esacta del alto grado á que llega el afectuoso cariño que S. E. ha sabido inspirar á los habitantes de la Mancha”. (…) “Así era en efecto: el pueblo se iluminó espontáneamente y como por encanto; diferentes vecinos, sin que unos supieran de otros, pues según oí se habían preparado en secreto, dispararon fuegos artificiales; infinidad de gente discurria por todas las calles, y las inmediatas a la casa en que habita el señor duque, asi como la placeta que hay enfrente, estaban verdaderamente intransitables: tal era el número de personas que allí se habia agolpado de este y dé los pueblos circunvecinos, atraídos por el deseo de contribuir á celebrar con entusiasmo la fiesta de San Ramón en obsequio y honor del eminente general Narvaez”. Se hace especial hincapié en el hecho de que en la celebración no hay distinción de clases sociales y de que al invitado se le aclama como protector y libertador. Se habla de un Puertollano desconocido, repleto de cuadrillas de forasteros llegados a la ciudad de forma espontánea, sin que nadie les haya llamado. “Estos grupos de labradores y artesanos forman un agradable contraste con la guarnición de Ciudad Real (compuesto de 130 infantes y 100 caballos), que ha concurrido también á solemnizar el dia, y sus gefes y oficiales, con el comandante general á la cabeza, á felicitar al general ilustre que tantas distinciones y tanto amor merece. En cuanto á la gente del pueblo, solo diré á Vds., que siendo día de trabajo, nadie ha trabajado, y todos los labradores y jornaleros se han aseado y vestido como en los dias de mas solemnidad para esta villa”. Enumera las mejoras en el pueblo, como los miles de árboles plantados en su hermoso paseo, los edificios públicos construidos, la creciente concurrencia de visitantes atraídos por los beneficios de sus aguas, con el consiguiente desarrollo y modernización de hospedajes y alojamientos: “En fin, Puertollano va tomando importancia, y toda se la debe al general, y como le ven tan solícito en aumentarla, en concluir las obras y paseos y como si fuera una propiedad suya, como es tan generoso y afable con todos, aprecian estos habitantes el interés que por ellos se toma, y le quieren como se quiere á un padre. Por eso este dia ha sido de verdadero júbilo para la población, y en todas las calles, en todas las casas hay diversiones al estilo del país”. Se anuncian más fuegos artificiales, un baile por todo lo alto en casa del Sr Perales y una novillada al día siguiente, que el articulista los cataloga de “populares”, pues la autoridad no ha tenido nada que ver en la organización de dicho evento, excepto la de conceder los consabidos permisos. La descripción de los eventos concluye con: “Esto es lo que he observado, esto es lo que estoy viendo, y lo que tengo mucho gusto en comunicar á ustedes”.

 

 

LAS VISITAS

 

Durante su estancia en Puertollano no fueron pocas las audiencias que concedió a diferentes personalidades de la clase militar, eclesiásticos, personal del ayuntamiento (aunque no demasiados, pues parece ser que estaban muy liados con las elecciones) y a otros muchos particulares de aquí y otros pueblos de la provincia. El 17 de septiembre, cuando Narváez ya había abandonado Puertollano, “El Heraldo” informa de una de esas visitas. Don Mateo Fernandez, a quien etiquetan como “ilustre guerrillero”, proscrito y errante en Sierra Morena desde 1848, se presenta en sus aposentos para pedir su favor y generosidad. Teme una traición y su final en el patíbulo y no cree que sea necesario aumentar la discordia y el número de víctimas por refriegas que pertenecen al pasado. Llega acompañado del liberal Félix Sánchez Muñoz para convencerle de que presente una sentida instancia dirigida a Su Majestad. “El Sr. Molina aceptó gustoso tan digno encargo y el dia 16 presentó la solicitud al general Narvaez, acompañando la entrega de las sentidas frases que un militar emplea siempre en favor de un valiente camarada. El señor presidente del Consejo de ministros le recibió con afecto, leyó la esposicion, dio por presentado al Sr. Fernández, y aseguró interpondría su valimiento cerca de S. M. y que podía retirarse tranquilo. Aquel mismo dia se paseó públicamente el Sr. Fernandez en Puertollano á vista del comandante general, secretario del duque de Valencia y guardia civil, regresando al día siguiente á Sierra Morena”. (Permitidme que os llame la atención sobre el hecho de que en ningún momento se menciona a qué lugar de Sierra Morena vuelve el guerrillero… Por si acaso no hay indulto).

 

LA ESPADA

 

“El Áncora”de Barcelona nos informa de otra visita no menos importante que la anterior. El 25 de agosto, 6 días antes de los magníficos eventos celebrados en Puertollano con motivo de su fiesta onomástica dedicada al general Narváez, el Presidente de la República Francesa, Luis Napoléon, sobrino del Emperador Napoleón Bonaparte, le envía un extraordinario y precioso presente: nada menos que una de las ESPADAS que ciñó su tío el Emperador. Podemos leer en sus páginas: Este obsequio va acompañado de una carta autógrafa del presidente Luis Napoleón, concebida en términos sumamente lisonjeros para el personaje a quien va dirigida. Anoche salió de esta corte para Puertollano un agregado á la embajada francesa, con la misión de poner este regalo en manos del general Narvaez”.

 

Todavía resuenan los ecos de tan magnífico regalo 75 años después. En un apartado sobre efemérides en el periódico “La Época” de Madrid, el 2 de septiembre de 1925, se habla sobre el general y su visita a Puertollano de una forma mucho más relajada y distante. Bajo el titular “Hace tres cuartos de siglo” podemos leer: “Los periódicos anuncian que dentro de tres o cuatro días regresará a la corte, terminada ya su temporada en el balneario de Puertollano, el jefe del Gobierno, duque de Valencia. Según parece, el general se encuentra bien de salud, contento y hasta de buen humor, cosa poco frecuente en él. Sin duda le han sentado bien aquellas aguas”. (…) “El día 31 celebró el general su fiesta onomástica en Puertollano, y con este motivo recibió muchas felicitaciones y regalos. Su cuarto se llenó de presentes, entre ellos algunas golosinas, y las cartas y tarjetas llegaron por centenares”. Tras hacer un resumen biográfico y una enumeración de sus logros militares y políticos, se cuenta una anécdota acontecida durante su estancia en nuestra ciudad. Un poeta, no sabemos si un antepasado vecino nuestro o de los alrededores, llamado Antonio Escosura, (“que no tiene nada que ver con los Escosuras conocidos”, puntualiza el autor del artículo. Aunque no podemos, desgraciadamente aclarar hoy quienes eran los Escosuras conocidos, ni quien era este Antonio Escosura, más allá de un pelotillero de manual), como decíamos, este bardo le dedicó (“le disparó”, según afirma el periódico) un soneto. No vamos a entrar en la calidad del poema —eso lo dejamos a otros más entendidos en la materia—, ni siquiera lo vamos a reproducir íntegramente. Aunque sí diremos que hace mención a la espada de Napoleón Bonaparte en el último verso:

 

“Mira su gloria, que la Patria llena;

mira su diestra do el acero brilla,

que esgrimió un día el vencedor de Jena

 

La Batalla de Jena significó la derrota completa de Prusia en 1806, tras la cual y dejando atrás decenas de miles de muertos, Napoleón Bonaparte y sus tropas entraron triunfalmente en Berlín.

 

Sólo nos cabe ya mencionar la escueta nota que redacta “La Libertad” el 15 de septiembre de 1850, donde para informar de la vuelta a la Corte de Narváez: “A las cuatro de la madrugada del dia de ayer salió de Puertollano el señor presidente del Consejo de ministros y hoy llegará á esta Corte”.

 

 

 

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Antonio Carmona

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