Villamanrique y la llave del castillo

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Villamanrique y la llave del castillo

Todo lo que queda al este de la A-4, todos los pueblos ciudadrealeños más allá del eje Puerto Lápice-Almuradiel son visitados con mucha menos asiduidad de la que él desearía. Y no será porque cuando nuestro viajero va por allí sienta el más mínimo atisbo de decepción. Hoy le aguarda Villamanrique bajo unas nubes blancas, presurosas y orondas, espoleadas por un viento frío y cortante que barre el Campo de Montiel. Google Maps le hace saber que ya ha llegado a su destino. Está en la calle Jerónimo Frías, una calle limpia, adoquinada. Ha aparcado frente a la fachada de una Caja que, por muy Rural que sea, no armoniza con el repertorio de casas antiguas (que no viejas), alguna de ellas blasonadas con un escudo pétreo y medieval.

Quién le iba a decir que nada más llegar a Villamanrique mantendría una amena conversación sobre coches. Un vecino le ha estado observando mientras aparca y le ha abordado sin más. Quiere saber si su vehículo le ha ocasionado algún problema, pues está pensando en comprar uno igual. Que si cuánto consume, que si qué tal la estabilidad… Una conversación típicamente varonil, sobre caballos (de potencia), gasolina o diésel, gastos de mantenimiento. Podrían haber pasado a cualquier otro tema recurrente, pero el viajero necesita información sobre el pueblo, su iglesia, su ermita, su Casa Grande, su castillo... Así llega por fin a la constatación de un hecho que había dado casi por sentado: la oficina de turismo está cerrada. ¡Cómo no! Hoy es sábado. Estamos en Castilla-La Mancha.

Quizá sea el encanto de esas mañanas que amanecen tras un día de tormentas, o quizá sea que la plaza de este pueblo tiene una luminosidad matinal especial. Un mosaico con la imagen de Jorge Manrique adorna el suelo de la Plaza de España frente a una fuente. La Casa Grande, la casa de los Manrique está un poco más allá, bajando la calle Cervantes. ¡Será por escritores! Sobre la fachada de piedra se abren aquí y allá una serie de ventanas y ventanucos, escudos y un balcón metálico que quizá estropea el conjunto. Frente a la fachada se han dispuesto dos paneles informativos. Dichos paneles y lo que se acierta a divisar desde la reja: un patio columnado y balaustres de madera, es todo lo que se puede disfrutar de otro de esos monumentos manchegos que se nos están callendo a trozos. En la cafetería de enfrente (verdaderas oficinas de turismo en nuestra autonomía) le hacen saber que la casa ya no es visitable. Parece ser que es una propiedad privada y sin habitar. Café calentito con leche y amabilidad: “Conviene visitar la iglesia. El Castillo de Montizón no queda lejos. Puede que los caminos estén regular, tras la lluvia del día anterior. Nada que no pueda resolverse conduciendo despacio y con cautela. Pero la visita vale la pena.”

Ya había visto la silueta imponente de la Parroquia de San Andrés Apóstol al aparcar el coche. Ahora, siguiendo a pie la calle Jerónimo Frías puede contemplar con detalle la portada principal con su gran arco de medio punto y todo el conjunto escultórico que alberga entre sus columnas, protegido por mallas y puntas metálicas para que no se posen las palomas. En el flanco oeste de la iglesia hay otra puerta que llama la atención por sus pequeñas dimensiones. “Esa puerta está siempre cerrada”, le aclara una vecina que en esos momentos se dispone a subir las escaleras de la fachada norte. Pero el viajero echa de menos una explicación exhaustiva sobre esa puerta y sus usos en el pasado. “La misa es a las 7, así que la iglesia está abierta desde las 6.30 más o menos. Le aseguro que le va a encantar. Por dentro es todavía más bonita que por fuera." Desgraciadamente, no se puede quedar hasta tan tarde. Su padre le solía contar que en el pasado las iglesias siempre estaban abiertas en España. No importaba si se trataba de un pueblo grande o de una aldea, ni de las dimensiones de la iglesia, ni la hora del día o de la noche. Sus puertas siempre estaban de par en par. A todo esto, para por las inmediaciones la furgoneta de una panadería. Imposible no caer en la tentación. Una docena de rosquillos de limón, otra docena de rosquillos de vino. “Estos le aguantan un montón, ya verá”, le asegura la conductora que ahora hace las veces de eficiente dependienta. Y un pan de esos redondos, de pueblo que lo coges y pesa, que aún está apetecible al día siguiente. 5 euros, todo. Sí, 5 euros. Y mientras piensa en lo barato que le ha salido, ya está dándole un pellizco al pan y comprobando la calidad de los rosquillos: ¡excelente! ¡A callejear se ha dicho! Desde algunas calles se ven detrás de las tapias los ondulados campos de Montiel. Las sombras de las nubes se recortan sobre la superficie terrosa, matizándola de claroscuros y aumentando así aún más su belleza.

Qué difícil es hablar de Villamanrique y no aludir a Jorge Manrique. Más difícil aún es referirse a Jorge Manrique y no mencionar las “Coplas a la muerte de su padre”. Pues sí, “nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar que es el morir.” También hay ríos, como el Guadalén, que van a dar a castillos, como el aquí llamado de Montizón. Justo donde el río recibe otros dos arroyos y rodea un paredón natural se erige esta imponente fortificación, donde más de uno encontraría su muerte. Desde cierta distancia se ve salir una alarmante cantidad de humo sobre el patio del castillo. Nuestro viajero aparca al lado de un todoterreno, junto a una nave a escasos metros de la entrada principal. Un cazador, escopeta y perro parecen estar esperando a alguien. “Buenos días. Venía a visitar el castillo”, se dirige al cazador con estas palabras por decir algo. El cazador se encoge de hombros y dice algo en francés, “¡Aaaahhh!”, responde el viajero mientras va con paso decidido hacia el castillo.

Cruza un primer recinto murado con varias construcciones en ruinas. Le recibe un perro atado a una cadena. Lleva puesto un collar con los colores de la bandera española. Sube una rampa paralela a los anchos muros que le lleva a una gran tinaja tumbada en el suelo, al lado de la entrada. Atraviesa el muro bajo dos arcos ojivales, hacia lo que ya parece ser el castillo propiamente dicho. Ahora se comprende el motivo de la humareda que se veía desde lejos. Una gran hoguera ha consumido ya la mayor parte de la leña, pero todavía queda llama y una buena cantidad de brasas. El viajero merodea por la zona y no encuentra ruta para seguir visitando otras dependencias del castillo. Hay una especie de vivienda con una puerta abierta. Dentro se afana un hombre corpulento colocando bebidas y viandas sobre una mesa. “Al final he tenido que hacer el fuego fuera porque aquí hacía humo”, le dice. “¿Qué más se puede ver del castillo?” “Pues, lo que usted ya ha visto.” Le explica que el castillo en realidad es una propiedad privada. Pertenece a unos franceses desde hace más de 20 años. Vienen a cazar. Les está preparando un refrigerio. “Ah sí, un francés me ha dicho algo ahí fuera. ¿Y no sabe español después de tantos años?” “¡Bueno, tampoco yo he aprendido nada de francés!”, le contesta el hombre corpulento. “¿Viene de muy lejos?” “Desde Puertollano” “¡Joder, desde Puertollano! Pues sí que viene de lejos.” Al viajero no le parece que Puertollano esté tan lejos. Lejos está Asturias, por ejemplo. Pero tampoco es cuestión de contradecirle. El hombre vuelve a meterse en la casa. El viajero cree que debe volver sin prisas al exterior de la fortaleza y darse un paseo por los alrededores para fotografiar el castillo desde diferentes ángulos. Sin embargo, el hombre sale de nuevo con algo en la mano. Es una mano grande y áspera, aunque la llave que agarra no es menos grande que la mano. Le señala otra puerta en arco apuntado con dos hojas de madera. “Abra la puerta con esta llave. Por ahí puede ver la torre del homenaje.” El viajero no sabe qué pensar al principio. Puede que se trate de una broma. No, no es una broma. Cruza el patio hacia la puerta, introduce la llave y la gira. Un empujón y queda abierta. Se da cuenta de que ha olvidado darle las gracias. Bueno, luego habrá tiempo.

Se sube a los diferentes niveles de altura por unas escaleras pegadas a los muros. Dichas escaleras no tienen barandilla en el lado del hueco que queda a la izquierda. Las vistas desde los ventanales y balconadas son sublimes, quitan la respiración. Todos los espacios abiertos están cubiertos de malla metálica para que no se cuelen las aves. En algunas áreas el suelo está resbaladizo. El agua pasa al interior y ha ido dejando su huella de verdín. El río Guadalén se ve desde la torre. Hoy lleva un caudal generoso de aguas color tierras de Montiel, debido a las lluvias recientes. ¿Observaría Jorge Manrique el río desde aquí?... ¿Sería para él motivo de inspiración?... Si no encuentras inspiración entre el recogimiento de estos muros y con estas vistas, no sé dónde la vas a encontrar. Desde esta torre, el río pudo ser la metáfora de aquellas vidas del siglo XV, que se apagaban río abajo, como ahora puede ser la metáfora de una comarca que se desangra. Hace siglos se tomaban la inconmensurable molestia de construir castillos para vigilar y proteger estas tierras, su pueblo y sus riquezas. Unas tierras en las que ahora cada vez menos habitantes parecen encontrar el sentido de sus vidas.

Antonio Carmona

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