Un presunto crimen contra la humanidad

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Son las 19:48 del Miércoles, 21 de Agosto del 2019.
Un presunto crimen contra la humanidad

  « Vivo sin vivir en mi, Y tan alta vida espero que, Muero porque no muero »     

                                                                                                                                                                           Sta Teresa de Avila

  Edvard Munch representó en El Grito la expresión más personal de la desesperación del hombre acechado por la angustia. Un miedo inevitable que vive amenazando su integridad. Munch lo describió como un « grito infinito que atravesaba la naturaleza ». Una experiencia de ruptura consigo mismo que le aproxima consciente e indefectiblemente a la muerte. El la teme y por consiguiente la rechaza. ¿Quien puede no temerla ?.  Quizás, Santa Teresa, que esperaba con « pulsión de amor » su divina llamada. 

   El miedo es la expresión del rechazo ante lo que se está viviendo. Una suerte de protección ante « el siguiente paso ». Munch situó más tarde su obra en el contexto del amor : la ruptura de una relación, cuya última etapa está envuelta en la angustia. En definitiva, cuando ya no hay esperanza.

     Pero el miedo es una emoción que tiende a proteger al individuo ante lo que cree que se avecina. El miedo, por paradójico que parezca, protege al hombre de sí mismo y de sus amenazas, reales o fantasmáticas. Sin embargo, en estas últimas semanas hemos asistido con pavor a la expresión más salvaje de un hombre sin miedo, ni esperanza por sobrevivir a la muerte en vida. Andreas Lubitz, proyectó en su muerte un acto sublimado de liberación. Murió arrastrando en su infinito sufrimiento la vida de 149 seres humanos a bordo de un avión que siempre tuvo que co-pilotar. El no podía ser lo que siempre quiso y seguramente por ello odiaba a todo lo que significaba en el hombre la expresión de a lo que Freud llamó pulsión de vida, impulso vital que  identifica al hombre con la supervivencia, fisica y moral. Esta se contrapone a la pulsión de muerte que tendería primariamente a la autodestrucción y secundariamente se dirigiría hacia el exterior, manifestándose, entonces, en forma de pulsión agresiva o destructiva.

 

Vivir sin volar es morir. Morir volando es de alguna manera, sobrevivir a la agonía de no existir. El mortífero suicidio de Lubitz le permitió en aquellos terroríficos minutos convertirse en lo que siempre soñó. Es posible que la redentora muerte no estuviese incluída en sus fantasmas. Lo importante era sobrevivir en aquel infierno sin caer en la cuenta que ese, la muerte, era su inevitable destino. La negación total de todo. La pérdida más absoluta de la razón. ¿ Quizás, sin saberlo, también del alma ?.

De este modo, Lubitz sintió probablemente un odio caínico, primitivo, donde en su amargo fantasma, la vida se acaba para él y también para todos. El gesto de Lubitz no solo fue un suicidio. Yo lo comprendo como un presunto crimen contra la humanidad representada en aquellos 149 inocentes ¿ quizás, sin saberlo, mártires ?.

El suicidio, más allá de la conciencia de morir, se convierte a veces en aquel que lo comete, en un intento de supervivencia al más alto grado de sufrimiento humano. Sin embargo, no todas las tentativas de suicidio tienen la misma significación. A veces, por paradójico que parezca, este puede representar un acto de solidaridad, incluso de amor, con aquellas personas a las que se pretende liberar de una vida sin sentido. El suicidio es, más allá de su significación, la máxima expresión de la enfermedad mental.

               Además de las víctimas de este atentado a la vida : los pasajeros, la tripulación y sus familias y la propia familia del autor, existen otras victimas que el voyerismo mediático corre el riesgo de estigmatizar todavía más de lo que estan. Estos son los enfermos mentales. De momento, ya ha conseguido que Lubitz alcance su siniestro sueño : ser, por unos días, el hombre más famoso del mundo.

La enfermedad mental no concierne a una minoría de la población española. Bien al contrario, padecer una trastorno mental, en cualquiera de sus múltiples facetas, es muy frecuente. El suicidio es la primera causa de muerte no natural. Sin embargo casos como el de Andreas Lubitz son afortunadamente muy raros y  muy  dificiles  de  preveer.  Por  ello  debemos  tener  mucho cuidado de no caer en la estigmatización del enfermo mental, asociándole con casos como este. Es injusto y sobretodo falso.

El paciente psiquiatrico no es, en general, violento. En todo caso no más que la violencia que genera una parte de la humanidad para tolerar o sobrellevar sus frustraciones. Muchas de estas manifestaciones, aunque legales, no son por ello menos crueles. La violencia que generan la envidia, la codicia o las guerras, por ejemplo.

 

                                                                                                                                                          

   

Miguel Marset

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