El Gran Henry, un mago trotamundos

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Son las 21:43 del Jueves, 13 de Diciembre del 2018.
El Gran Henry, un mago trotamundos

     Los niños de Puertollano de comienzos de los sesenta teníamos dos mitos en el mundo del espectáculo –sin contar a los futbolistas del Calvo Sotelo- el ilusionista Gran Henry y el funámbulo Renato Traver. El acróbata llegó un buen día y tendió un cable en el descampado del Bosque a una altura de matarse y anduvo haciendo equilibrios sin ningún tipo de sujeción hasta que sus colaboradores terminaron de pasar la gorra, que fue bastante tiempo porque el personal se llamaba a andana. Aquella memorable hazaña ha quedado escrita en los anales de la ciudad y en el recuerdo de la chiquillería. El prestidigitador ya había realizado por entonces actuaciones en la Televisión Española de la época, cuando salir en televisión era signo inequívoco de mérito en alguna disciplina y, además, llevaba años actuando en América, que tampoco estaba al alcance de cualquiera. Así que el nombre de Gran Henry estaba revestido de la aureola del prestigio y a los niños les sonaba un poco a Capitán Trueno porque desconfiaban de poderlo ver  en persona con su espectáculo de magia.

     El Gran Henry (Enrique Gutiérrez Mazarro, nacido en la calle Córdoba de Puertollano en julio de 1934) es un joven de 84 años que viste como un pincel, muestra un verbo académico dotado de los recursos de la interpretación teatral  y mantiene  la ilusión de vivir a despecho de tantos sinsabores. Al poco de empezar a realizar trucos de magia en Puertollano y pueblos de alrededor cayó en la cuenta de que con su auténtico nombre no iría muy lejos así que lo cambió por el más rimbombante que mantendría toda su vida y ello le ayudó a llegar a Venezuela, países del Caribe, Estados Unidos y la República Popular China. Naturalmente, este periplo no sucedió de un día para otro y merece contarse con algún pormenor.

     Apenas con 10 años de edad no se cansaba de admirar los trucos que don Quinito llevaba a cabo en la Feria de Mayo. Un día, al finalizar la actuación, se armó de valor y le pidió al mago que le enseñara a hacer el “truco de las almendras”, que consistía en que el mago se introducía almendras en la boca y las masticaba a conciencia a pesar de lo cual las almendras volvían a mostrarse intactas. El mago no le prestó atención: “anda y vete a tu casa, que tu padre te andará buscando”. Ya se alejaba el niño cuando el mago lo llamó: “si me ayudas a llevar los bultos hasta la posada La Tercia te enseño el truco”. El niño cargó como pudo con maletas y cachivaches sacando fuerzas de ilusión. Y don Quinito cumplió su palabra y el niño recibió su bautismo en el mundo de la magia. El bautismo y, al mismo tiempo, el veneno de poder hacer lo imposible.

     Pocos años más tarde, el niño solía refugiarse en el quiosco de Santiago, en el paseo de san Gregorio, durante los días de novillos escolares. La escuela le atraía poco y aun menos. El quiosquero vendía chucherías y cambiaba novelas de Marcial Lafuente Estefanía y Corín Tellado. Sabedor del interés de Enrique por la magia, le muestra un libro titulado “La prestidigitación al alcance de todos”, que alguien le ha confiado para que lo ofrezca en venta. El niño balbucea “¿Cuánto cuesta? El quiosquero pone precio a la luna: “Veinte pesetas”. El niño sale del quiosco haciendo cábalas de cómo se puede conseguir esa cantidad de los años cuarenta. Veamos: una sisa de aquí, otra de allí, nada de gastos propios, no contar el tiempo…y ahí están las veinte pesetas, en patacones y perrillas anudados en el moquero. Se presenta en el quiosco y muestra el tesoro. Pero ha pasado mucho tiempo y el propietario del libro lo ha retirado ya que parece no despertar interés. ¿Cómo se llama el propietario? ¿dónde vive? pregunta el niño alarmado. En la calle Calveros, es el señor Llerena, responde el quiosquero. Allá que va el aprendiz de mago y cuando le preguntan quién es, sabiendo que el señor Llerena es un represaliado de la guerra civil, se presenta como hijo de un sindicalista, lo cual es cierto. El dueño del libro quiere saber si aquel imberbe lo aprovechará y le pide una prueba de su pericia y entonces viene a avalarlo el “truco de las almendras” que se ve obligado a realizar con garbanzos a falta de la materia original. El señor Llerena le entrega el libro y cuando el niño se dispone a abrir el pañuelo para contar las monedas, no da crédito a la respuesta del propietario: “Te lo regalo”. La suerte está echada. Aquel libro abre un camino ancho y despejado por donde transita rauda la voluntad del niño: será prestidigitador siguiendo las enseñanzas de aquel catecismo.

     Las primeras actuaciones tienen lugar, cuando solo cuenta 15 años, en cualquier ocasión que se ponga a tiro. A veces se cuela en las bodas y entretiene a los invitados con sus trucos. Precisamente en una boda conoce a la que sería su esposa, Josefina, que con el paso del tiempo sería su ayudante en los espectáculos con el nombre artístico de Fina. Previamente tiene como ayudante a Desiderio Cámara, que le acompaña por diversos locales de la ciudad y de los pueblos de alrededor. El Gran Henry comienza a ser conocido en la provincia y sus actuaciones le reportan un beneficio económico. Se lo había dejado claro a la Virgen de Gracia cuando le rogó que intercediera para lograr su sueño: “Virgencita de Gracia, hazme ilusionista…pero ¡cobrando!”. Los tiempos no estaban para bromas.

     A principios de los años cincuenta recala en el Gran Teatro un programa itinerante denominado “Por la fama” que tenía como objetivo descubrir nuevos talentos artísticos. Uno de los organizadores le recomienda que vaya a Madrid si quiere ser alguien en el mundo del espectáculo. Debe cumplir dos requisitos imprescindibles en la época: afiliarse al sindicato del espectáculo y obtener el carné profesional de ilusionista. Favorece este propósito la circunstancia de que el hermano mayor de Enrique, Francisco (otro artista de la familia, que con el nombre de Curro ha editado unos cuadernillos de viñetas humorístico-históricas de la ciudad que no tienen desperdicio, como el titulado “Personajes célebres de Puertollano” por el que desfila una amplia galería de personas populares de la ciudad por un motivo u otro. Curro cuenta  con 88 años, se le puede ver en cualquier terraza hostelera y tiene la sana costumbre de reírse de sí mismo) se encontraba en Madrid cumpliendo el servicio militar. Curro le facilita alojamiento y lo acompaña al teatro Fuencarral a realizar el complicado examen de ilusionista. Es el único aspirante de fuera de Madrid. Supera la prueba y regresa a Puertollano con el anhelado carné, que muestra a su padre con legítimo orgullo. Otro hito en la trayectoria de una profesión tan arriesgada y exigente.

     Como era de prever, el exiguo beneficio económico del joven mago le hace comprender que debe seguir las indicaciones familiares de buscar un empleo más fiable. Aprende mecanografía siguiendo el extendido “Método Caballero” y se enorgullece de  alcanzar las 620 pulsaciones por minuto. Entra a trabajar en la mina san Francisco como administrativo y allí contacta con el cantaor “el Gitano Rubio”, con el guitarrista “el Niño de la Mina” y con una joven y bella bailaora. Apodera al grupo el sindicalista Blas Molina, que les procura actuaciones sirviéndose de sus numerosos contactos sociales, actuaciones que no siempre son compatibles con su horario en la mina pero que antepone a ésta, lo que provoca que lo despidan, con el consiguiente disgusto familiar. Recurre el despido ante magistratura laboral y lo gana gracias a que dos amigos testifican en falso asegurando que Enrique había obtenido permiso verbal para faltar al trabajo. (Cuando Enrique rememora aquel suceso, cierra los ojos y una sombra de pesadumbre lo embarga: “lo hicieron por amistad, desinteresadamente y arriesgándose por ello. La solidaridad de entonces”).

     Llega el momento de ir al servicio militar y consigue que lo destinen a la provincia de Madrid, sucediéndose varias vicisitudes que favorecen que recale en la capital, en la Escuela de Aplicación y Equitación del Ejército; en su cantina suele realizar juegos de ilusionismo para sus compañeros. Un día se  encuentra allí una persona que sigue con interés la actuación y que resulta ser un teniente coronel que reclama al mago como asistente personal, admirado de su destreza, un destino que le proporciona abundante tiempo libre. El oficial incentiva que Enrique se dedique a su vocación con un solo condicionante, no abandonar Madrid. En 1957 un representante que le facilita espectáculos –tartamudo pero eficiente- logra una actuación en TVE y se convierte así en el primer mago que aparece en la pequeña pantalla. Tanto gusta la actuación que le proporcionan otras dos más, a razón de 600 pesetas cada una. Con este dineral, cubre de regalos a Josefina,  su novia a la sazón. Comienza a prodigarse en locales de la capital y en una de sus actuaciones se acerca un hombre que lo felicita y le ofrece trabajar en la televisión de Venezuela. Se trata de Víctor Saume, un cualificado promotor artístico.

     Una vez cumplida la mili, en marzo de 1958 cruza el océano con destino a Venezuela. Comienza la aventura americana, en la que obtiene un éxito inmediato y firma un contrato para todo un año. Un influyente personaje le asegura: “este país es para ti”. Y el vaticinio se cumple: contratos en las principales cadenas de televisión, espectáculos en directo en las mejores salas, el año inicial se  prorroga una y otra vez hasta que decide fijar su residencia en Venezuela. Ahora se cumplen 60 años desde aquel primer viaje, toda una vida. En este dilatado periodo ha compartido escenarios importantes con varios presidentes venezolanos, incluidos Chávez y Maduro Las fronteras americanas se diluyen: en 1968 viaja a Estados Unidos y el éxito vuelve a sonreírle con numerosos contratos, a veces dos en la misma jornada, que le obligan a desplazarse por medios aéreos para arribar a las mecas del espectáculo: Nueva York, Las Vegas, Chicago. Lo reclaman para intervenir en el “Show de Ed Sullivan” el más popular magacín deportivo y de entretenimiento de Estados Unidos.  

     El siguiente paso es de auténtico gigante: la República Popular China. Probablemente haya sido el primer mago occidental que trabajó dos meses consecutivos en el país, con el mérito añadido de conseguir una importante condecoración del gobierno comunista. Fue en 1991, poco después de la masacre en la Plaza de Tiananmén. Se produce el paralelismo de que la nación de la Gran Muralla consagra –si aún quedaba algún mérito por cumplir- al ilusionista Gran Henry. Por ello, Enrique Gutiérrez Mazarro, nacido en Puertollano alberga la idea de escribir un libro que titulará “De La Mancha a la China” que se sumaría al proyecto “Cincuenta años de magia, política y farándula”. Proyectos cumplidos son sus libros: “500 secretos con Henry el magnífico”, “Los secretos del falso pulgar” y “Esponjas y algo más”. Y un espectáculo de singular relieve es el  denominado “Tres generaciones de magia” con la intervención suya, de su hijo y de su nieto.

     Con este impresionante bagaje, el Gran Henry fue el encargado de pregonar la Feria de Mayo de 2001 en el Auditorio Municipal. El pregón fue el motivo perfecto para desgranar andanzas, esfuerzos y logros, con especial hincapié en la ciudad minera de la posguerra. Fue un acto especialmente emotivo que congregó a muchos de los que compartieron niñez y juventud con aquel niño al que don Quinito enseñó el truco de las almendras y el señor Llerena regaló su primer libro de prestidigitación.

     Enrique tiene tres hijos y tres nietos. Ha sufrido no hace mucho la muerte de su esposa, la Josefina que se transformó en Fina para compartir no solo su vida sino también el escenario, una compañera de muchas décadas que ha dejado un hueco imposible de llenar. Este suceso junto a la lamentable situación actual de Venezuela son el lastre en sus días. No obstante, el tándem Enrique-Henry mantiene una vitalidad envidiable. Es un placer escuchar la cascada de historias que saca a relucir ante el mínimo interés del interlocutor, historias aderezadas con múltiples pormenores y nombres propios merced a una memoria de elefante y una capacidad para comunicar ganada a pulso en los escenarios de latitudes geográficas inverosímiles. Cuando le gana la emoción, posa su mano sobre el antebrazo o el hombro de quien escucha para hacer tangible un ligero temblor. A veces, Enrique-Henry interrumpe su discurso un instante y se sumerge en un silencio interior para rescatar ese detalle crucial que colorea una historia, o fija su mirada como en una esquina del horizonte para aproximar aquel acontecimiento que el tiempo ha relegado en el espacio. Con frecuencia intercala la frase “yo no creo en el destino sino en el azar” y se puede apostar que, por encima de todo, no ha perdido un atributo esencial del ser humano, la ilusión. Nada más propio de un ilusionista.

 

 

 

 

 

 

       

     

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Eduardo Egido Sánchez

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