¿Qué fue de...? (II parte)

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Son las 04:53 del , 8 de Diciembre del 2019.
¿Qué fue de...? (II parte)

     Septiembre puede llegar teñido de melancolía o con el ropaje ligero del alivio, según la piel de quien lo recibe, según el ánimo de quien lo acoge. Alimenta a la melancolía la reducción de las horas de luz, el relente de la madrugada, la tormenta que rescata el olor de la tierra húmeda. El componente esencial de la melancolía es la quietud: la mirada se queda clavada en las formas de las nubes o en el horizonte o en cierto ensimismamiento; el ritmo del metabolismo se enlentece para acompasarse al ritmo de la vida que gira a nuestro lado. El final del verano hiere como una pérdida.

     Por el contrario, el alivio por el inminente otoño proviene de la despedida del calor infernal, de saber que han acabado esos días en los que el reto de salir a la calle se hace insufrible. Ahora, cuando el aire suaviza su temperatura, la naturaleza nos reclama en cualquier momento para disfrutar de ella. Lo anunciaba la canción de aquella nostálgica película: “cuando llegue septiembre todo será maravilloso”.

     En todo caso, septiembre es un mes de recapitulación y buenos propósitos. De echar la vista atrás, y anotar pérdidas y ganancias  en el balance de la melancolía o el alivio, según cada cual. Un momento apropiado para preguntarnos qué fue de usos y costumbres del tiempo pretérito y evaluar si son pérdidas o ganancias.

    

     La corbata.- Ya no llevan corbata los presentadores del telediario, ni los políticos, ni los empleados de banca, lo que supone un certificado de defunción sin posibilidad de retorno. ¿Garantizaba la corbata de los presentadoresla veracidad de las noticias del telediario, la actuación de los políticos con el único sentido del bien de la ciudadanía, la gestión no usurera de los empleados de banca? Por supuesto que no. Sin embargo, nos daba la impresión de que se esforzaban más en cumplir con su  obligación genuina. En ciertas profesiones se imponía la necesidad de la corbata como vocación de que la mejora de la imagen personal redundase en beneficio de la mejora de la actuación profesional. A pesar de que el hábito no hace al monje, al menos lo identifica y hasta puede que lo aproxime a su nivel de exigencia. Como decía Antonio Ozores en la película “Los tramposos”: “este hábito obliga  mucho”.

     La corbata también está en vías de extinción en los acontecimientos más señalados de la vida social, bodas y entierros. Hasta tiempo reciente esta prenda era obligada, en el caso de las bodas, no solo para el contrayente sino para los invitados. Suponía un modo de realzar el acontecimiento y de cumplimentar el respeto y la consideración que nos merecía el protagonista: visto mis mejores galas en tu honor, queríamos decirle. Poco importa que la boda se celebre por lo religioso o por lo civil, el acontecimiento social se mantiene invariable. En el caso de los entierros, se aceptaba que el atuendo de ceremonia obligase más a los dolientes que a los acompañantes pero, en todo caso, la vestimenta era una señal  de respeto hacia el finado.

     Con el paso del tiempo se acentúa el abandono de la corbata hasta el punto de que no tardaremos en asistir a su desaparición de los establecimientos de confección. La corbata solo pervivirá para designar el rincón de la mesa de billar por el que la bola del tirador, tras tocar a la segunda bola, rodea sin acertar a la tercera y  nos priva de la carambola. Una faena.

    

     El tratamiento de respeto.- Las normas de urbanidad –hace tiempo en desuso- obligaban a otorgar tratamiento de respeto a las personas “mayores en edad, dignidad y gobierno”, una trilogía que fue expulsada del podio social en tiempos del blanco y negro. Es sabido que el tratamiento de respeto está claramente establecido en determinados estamentos como el militar o el religioso, con toda una escala de tratamiento específico según el rango de cada componente. Así, recuerdo que el coronel del CIR recibía el tratamiento de usía. Más simple es el tratamiento de la convivencia social, que se limita básicamente al usted,  al don-doña y al señor-señora para dirigirse a las personas de la citada trilogía.

     Pues bien, esta otra trilogía está pasando a mejor vida a pasos agigantados. Se suele argumentar para apear el tratamiento de respeto que ello no implica nada negativo y que, es más, se trata de una muestra de cercanía y afecto. Recuerdo que en primero de bachillerato el profesorado trataba al alumnado – de 10 u 11 años- de usted y, por supuesto, el alumnado trataba de usted y con el don-doña por delante al profesorado. Quién puede asegurar que aquella norma no incentivara al alumnado al estudio para ponerse a la altura del tratamiento de cortesía recibido. Por otro lado, habrán observado que en las películas estadounidenses los niños y jóvenes tratan con respeto (particularmente de señor-señora) a las personas mayores. Este hecho, transmite una imagen alentadora y contrasta con el tuteo que campea a sus anchas en nuestras calles, supermercados, centros educativos y cualquier lugar donde coincidan dos personas. Se diría que el tratamiento de respeto ha quedado en exclusiva para recomendar a alguien que realice ejercicio al aire libre: “vaya usted a paseo, señor mío”. Lo que no deja de ser un detalle.

 

     El equilibrio derechos-deberes.- Una balanza en equilibrio con las palabras “derechos” en un platillo y  “deberes” en el otro, podría servir como imagen de una sociedad civilizada. Pero los deberes se están suprimiendo hasta en los colegios de primaria (aunque se trata de otro tipo de deberes a los reflejados en este artículo, deberes son)  y los derechos avanzan como plaga de langosta. La Constitución establece en su Capítulo Segundo los derechos y deberes de los ciudadanos; si nos pidieran que enumerásemos de memoria unos y otros, se puede apostar a que recordaremos mayor número de los primeros que de los segundos. Hoy los únicos que presumen de hacer los deberes son los políticos, a los que no se les cae de la boca las frases “nosotros hemos hecho los deberes” y, en contraposición, “lo que tiene que hacer el partido X son los deberes”. Habría que aplicar a unos y otros la prueba del nueve para confirmar que el resultado es correcto.

     A primera vista eso de los deberes puede parecernos una montaña difícil de escalar pero basta aplicar la fórmula “Simeone” (ir partido a partido) para comprobar que no es tan dura la ascensión y que basta un poco de voluntad para alcanzar la cima: no ensuciar la vía pública, no tirar la basura fuera de horario y meter cada desecho en el contenedor apropiado, respetar las normas de tráfico, cumplir las obligaciones de vecindad… en suma, facilitar la vida de los demás.

     El poeta y dramaturgo Bertolt Brecht escribió un maravilloso y breve poema titulado “La lista de lo necesario” que podríamos permutar en esta ocasión como “La lista de los derechos”: Conozco muchos que andan por ahí con la lista de lo que necesitan. / Aquel a quien la lista es presentada, dice: es mucho. / Mas aquel que la ha escrito dice: esto es lo mínimo. / Pero hay quien orgullosamente muestra su breve lista.

Eduardo Egido Sánchez

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