Vivir en la calle

Escucha la radio con La Voz de Puertollano
La voz de Puertollano
La Voz de Puertollano en Facebook
La Voz de Puertollano en Twitter

Son las 18:41 del , 14 de Julio del 2024.
Vivir en la calle
 
Caminar por calles y plazas de nuestra ciudad o de cualquier otro lugar del mundo, nos permite observar con demasiada frecuencia a personas que viven en cualquier rincón de un local comercial o tirados en un banco, un parque y en la más absoluta precariedad.
Cierto es que hay organizaciones y recursos de las administraciones para tratar de poner remedio a estas situaciones, pero o las soluciones no son suficientes o hay algún factor que no se controla. El caso es que cada vez vemos más personas sin techo que  me llevan a pensar en las razones o circunstancias que pueden hacer a una persona  vivir así.
 
Parece que en estos tiempos una de las causas más frecuentes es la precariedad económica unida a la dificultad de acceder a una vivienda.
 
Las grandes urbes de nuestro país han encarecido notablemente los precios de venta o alquileres de las viviendas, por lo que una persona que tenga ingresos mínimos le será muy difícil encontrar un techo.
 
Hay veces que todo comienza con un despido laboral, por cierre de la empresa, u otra circunstancia,  en edades ya complicadas para poder acceder a otro puesto de trabajo. Si a ello se une una ruptura familiar, la persona tiene problemas para volver a una vida normal. Sin casa, sin familia es difícil cumplir los requisitos mínimos que uno puede necesitar para presentarse a un puesto de trabajo.
 
Luego todo es una cadena de abandono: descuido, desánimo, poca ayuda y a veces el alcohol, como consuelo barato para olvidar…..
Otro camino se inicia en las adicciones con drogas, alcohol o juego. Al principio se piensa que uno no va a caer en la adicción, que poseé la capacidad y fuerza necesaria  para no dejarse llevar por ella. La realidad es que son pocos los que lo consiguen y con el tiempo vemos personas pidiendo desesperadamente, que van destrozando su cuerpo y su mente, hasta convertirse en despojos humanos tirados por las calles, algunos dispuestos a robar incluso a su propia familia, a prostituirse, a pedir o cualquier cosa con la que obtener el dinero para su dosis diaria.
Hay un tercer camino mucho más difícil de comprender: la libertad. He tenido la oportunidad de conversar con algunas personas que han elegido este camino, que a mí, como a muchos nos resulta extraño, puesto que las condiciones de vida y el riesgo en la calle son muchos, pero estas personas solo responden a sus propias normas y no aceptan nada que no sea esa idea de libertad con la que ellos se sienten felices.
 
Para mí sería complicado pensar que soy libre si no tengo donde asearme, un lugar donde dormir sin frio, lo necesario para comer cada día y sobre todo, la sensación de sentirme satisfecha conmigo misma.
 
Supongo que mi idea de libertad no es la misma que la de estas personas que me dicen que no necesitan mas que saber que son libres y pueden hacer lo que les parezca cada mañana.
 
Desde hace unos meses vengo observando a un sin techo al que no sabría donde encuadrar. Es joven, quizás en los cuarenta y poco, educado y respetuoso, extranjero, pero con dominio claro del castellano, que comparte vida en la calle con el que él llama su mejor amigo, su perro Loqui. Cualquiera que lo observe verá que su perro tiene todos los cuidados por su parte: comida, agua, juego. Pone antes un cartón y una manta para que su perro no pase frio, que lo que se prepara para él mismo.
 
No sé qué pasa por la cabeza de este joven, ni qué le ha llevado a vivir en la calle. Los intentos de ayudarle no prosperan, ya que en este caso las instituciones no tienen espacio para que vaya acompañado de su mascota y el comenta que se siente bien en nuestra ciudad.
Si le preguntas te dice que tiene suficiente para lo que necesita.
 
Mis ojos de madre, tengo un hijo algo más joven, no dejan de fijarse en él cuando lo cruzo en la calle. Es más, con esta persona no cumplo con un compromiso que tengo conmigo misma desde hace años de no dar dinero a nadie por la calle y donarlo a instituciones. Pienso siempre en qué será de su madre, si conocerá la situación o el modo y manera en que vive, pero no puedo dejar de sentir que si alguien querido por mí se encontrara en esa situación, me gustaría que  le ayudara.
 
Muchos de los sin techo se quejan de ser invisibles, no gusta posar nuestros ojos en algo que nos hace daño, preferimos vivir en la ignorancia, pero la realidad está ahí fuera, en el frio, la lluvia, la soledad y la falta de futuro.
Ojalá seamos capaces de encontrar un camino para las personas que no parecen tener  un sitio en nuestra sociedad.
 
Lourdes Carrascosa Bargados