“Mustang Sally”: Depende del cristal con qué se mire

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VI Concurso de Dibujo Ecológico

Son las 15:51 del Miércoles, 30 de Noviembre del 2022.

So pena de resultar más abundante que la sal de los mares (Manolo Valero dixit) o de estar siempre contando el montaje del director (según mis hijos), uno tiene que dejar claras una serie de notas previas no vaya a ser tachado de alguna de las fobias que campean en este tiempo nuestro tan pacato, melindroso, políticamente correcto y que todo lo coge con fino papel de fumar. Pido disculpas de antemano si uso el término negro en sentido racial porque a mí me enseñaron la mejor música que haya podido oírse en el siglo XX fue o tuvo su origen en la música negra que, preferentemente tocaron los habitantes norteamericanos de esa raza en flagrante y opresiva discriminación.

 

La mayoría de las músicas que nos divierten, incluso las que nos aburren, tienen orígenes sórdidos, relacionados con burdeles, sucias tabernuchas, puertos llenos de inmundicia y lugares donde la miseria humana tomaba respiros al son de unas notas de algún trovador o bardo cercano. Era como la anestesia ante la infelicidad. El “show-business” del siglo XX encumbró al jazz desde los “night-clubs” de la Ley Seca; redimió los cantos de los esclavos en las plantaciones de Alabama y los metió en iglesias acuñando el  gospel; olvidó al blues en aquella encrucijada donde se encontraron Robert Johnson y el diablo y denominó rhythm & blues a lo que tocaban en los barrios bajos de Chicago (el Southside sobre todo) los proletarios negros que habían subido desde el Sur buscando una vida mejor. ¿Alguien cree que con una existencia deplorable y alienante un currante de doce horas al día en una fábrica metalúrgica puede pensar en lindas cancioncillas de amor en un prado verde lleno de florecitas? Pues no. Estos negros y, en otra parte de la ciudad, otros blancos, estaban deseando de llegar al garito, cargar las pilas con un brebaje al que alguien llamaba whisky, pegarse un par de restregones con cualquiera de las fulanas disponibles y pillar un trancazo episódico. Ahí estuvo el origen de lo que luego llamaríamos rock’n roll y por supuesto del pedazo de canción que traemos entre manos.

 

“Mustang Sally” como muchas canciones creadas e interpretadas por artistas negros no se exhibían en el circuito nacional (hablamos de los USA), sino que eran radiadas por emisoras que sólo difundían lo que se conocía como música “racial”; de ahí llegó el rock’n roll y cierta apertura que, aún así en 1965 no era ni con mucho lo ideal ya que las listas de éxitos ahora llamaban “Rhythm & Blues” a toda aquella música negra que no había traspasado la línea roja del rock’n roll y había sido admitida por la comunidad blanca (evito decir que se trataba de los adultos, ya que los jóvenes blancos oían preferentemente aquella “música del diablo”). En aquel entorno, Sir Marc Rice crea esta canción que llega al nº 15 en la segregada lista de éxitos y según todas las informaciones la escribe después de una conversación en los camerinos (¡!) de la actriz y cantante Della Reese que le refiere que el jefe de su grupo musical aspira a comprarse un Mustang, que para la época, vivía la primera generación de su luego largo éxito. Rice escribe algo llamado “Mustang Mama” que pronto transmuta el Mama por Sally tras recibir los sabios consejos de una jovencita llamada Aretha Franklin que acabaría siendo la “Reina del Soul”.

 

La canción tiene una estructura más bien clásica, con un ritmo inicial llevado por la batería y el bajo, mientras la guitarra sustenta ciertas notas antes de que el saxo y la voz solista entren casi raspando con lija una letra tan ambigua como evidente que precede a un coro (si es femenino resulta excitante) que repetido a lo largo del estribillo acaba configurando algo de lo más sencillo y, a la vez, de los más resultón. Eso debió creer Wilson Pickett (estrella rutilante del soul en lucha directa con Otis Redding) cuando exigió a su antiguo compañero en The Falcons que le cediera ese bombazo que, con el apoyo del productor Tom Dowd (acabaría siendo una leyenda) puso a “Mustang Sally” en los oídos de medio mundo. Esa es nuestra primera referencia si queréis ir oyéndola ya: fijaos en el grupazo de viento con el que el sexual Pickett respalda sus movimientos, aquí no hay coros, aquí hay una sección de metal que te enloquece. Una versión radicalmente distinta y más “abluesada” es la que se reproduce en la película The Commitments (Alan Parker, 1991) a cargo de los homónimos intérpretes y su valioso cantante Andrew Strong que ejecutan la pieza maravillosamente. Ahora si lo que queréis es Rhythm & Blues del bueno, eso lo vais a encontrar en las siguientes dos versiones, ambas a cargo de Buddy Guy pero con décadas de distancia: la primera, pura guitarra, recibe el apoyo del “Ice Guitar” Jeff Beck y la segunda es en un “veranito tipo inserso” en Montreux (Francia) donde deja caer hacia un lado demasiado significativo el término “ride” que insufla toda la canción.

 

La tal Sally se compra un Mustang lo llena de “gasofa” y se va a recorrer la Route 66 y aledañas, y luego va un cantante de color (negro para más señas) con fama de pendejo (todos ellos la tenían) y canta la cancioncilla de que Sally se desplaza en un Mustang último modelo… ¡vamos anda! Para superar las férreas censuras de las democracias de los sesenta (y dijeron que EE.UU. eran una de ellas) los cantantes y artistas usaban símiles de todo tipo para llegar de forma más picante al público y no ser detectados. “Mustang Sally” no fue una excepción ¿porqué si no iba a usar Rice el término “ride” (montar, cabalgar), cuando cualquiera que sepa algo de inglés sabe que conducir un coche es “drive”. Es más, para poco convencidos: los pilotos de F-1 aparecen en los créditos televisivos como “drivers” y los pilotos de MotoGP, como “riders”. Entonces ¿qué narices hacía Sally tan insistentemente en su Mustang de dos plazas? Antes que me despidan me voy: hasta la próxima canción.

Juanma Nuñez Rodrí­guez
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