El ciervo de la Cueva de la Coja

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El ciervo de la Cueva de la Coja

A estas alturas de la Historia parecería absurdo pensar aún que la Tierra es el centro del Universo sobre la que todo gira. Sería como pensar que el valle del Ojailén constituye el centro del planeta. Y, sin embargo, para muchos de nosotros es tal que así. Las vidas de miles de habitantes y de sus antepasados se han desarrollado aquí, en este cuadrilátero con forma de trapecio: estrecho entre la Viñuela y Veredas y ancho desde el puerto de Calatrava hasta la garganta del Fresneda, la última puerta por donde nuestro río Ojailén hace mutis. En ocasiones un poco borracho de contaminación, pero siempre manteniendo la compostura. Un cuadrilátero limitado al norte y sur por unas sierras que, sin ser espectaculares, dan la talla. Unas alineaciones montañosas con crestas duras y depresiones suaves aprovechadas sabiamente para hacer pasar por ahí nuestras vías de comunicación.  

 

     No vamos a pecar de patriotismo barato diciendo que esto es “lo más”, pero cuánto se echa de menos cuando no estás aquí. No vamos a defender viejas teorías etnográficas que lo expliquen todo a partir del medio, pero qué diferentes seríamos sin brisas de componente suroeste (cuando quieren soplar). Las pedrizas sobre las laderas, el calor del verano, el frío del invierno, los aguaceros, las sequías, las lluvias de otoño, las escarchas matutinas han esculpido nuestro gesto. Sin todos esos elementos seríamos otros. No se trata de que fuésemos mejores, ni peores. Simplemente, distintos.

 

     Nos vale el argumento de que la nuestra es una tierra de frontera coincidente con un límite orográfico, ecológico y cultural. Un valle incrustado en el borde sur de la Meseta, también salpicado de vómitos volcánicos, quizá  contagiado por el Campo de Calatrava colindante.  Su río drena un terreno antiguo de estructura apalachense, si bien en su curso bajo, una moderna erosión remontante crea unos paisajes sin ninguna relación con la Meseta, y pone en contacto a nuestro valle con “otro mundo”. Durante muchos siglos, ésta debió de ser la principal vía de nuevas influencias, por donde se colaron culturas, costumbres, objetos y formas de hacer del sur de la Península.

 

     Lo cierto es que todas las vías de entrada hacia el valle estaban (están, aunque en ruinas) flanqueadas por prehistóricos castillejos de piedra y barro. Nadie se pudo tomar la molestia de construir estas fortalezas si no había nada que defender, si no había un espacio que controlar, si no existía nadie a quien disuadir. La nuestra ha sido siempre definida como una tierra de pastos adecuados para el ganado ovicáprido, con una agricultura de baja intensidad complementaria a esa actividad principal de la ganadería.

 

     Ya desde hace más de 5.000 años, el ser humano pastoreaba sus ganados en nuestro valle. No se trataba de una simple cría de cabezas para el consumo de carne, sino de algo más complicado que teóricos como Sherrat denominan “revolución de los productos secundarios”, refiriéndose a la elaboración de derivados lácteos, pieles, lana, la fuerza de trabajo ofrecida por el animal para el transporte, etc. Es decir, valía la pena mantener a muchas cabezas hasta edad adulta (hecho constatado por el análisis de hallazgos óseos) y para ello era necesaria la movilización de este ganado de un lugar a otro en busca de pastos. Esta actividad ocasionaría que las cañadas y pasos de montaña se consideraran trascendentales y, en cierto modo, sagrados. Por otro lado, dichos “productos secundarios” se podían almacenar, generando riqueza y grandes cambios sociales.

 

     Otros hallazgos de fragmentos cerámicos de queseras, pesas de telar, azuelas en roca volcánica pulimentada para la tala de zona boscosa con el fin de transformarla en pastizal,  no hacen sino apoyar esta teoría. Sin embargo, unas manifestaciones pictóricas esquemáticas, que parecen habernos llegado desde el sudeste peninsular, podrían relacionarse con este mundo ganadero y agrícola.  Se tratan de representaciones abstractas de hombres, animales, triángulos, cruces, ramiformes, oculados y un largo etcétera. Sus formas no son casuales, sino que la mayoría de ellas cuentan con unos paralelos idénticos grabados sobre cerámicas, lajas de piedra y huesos en lugares tan alejados como Oriente Próximo, el Mar Egeo o Chipre. La interpretación simbólica de estas representaciones sobre base pétreas, por su ubicación, deben ponerse en relación con estas importantes zonas de paso, cumpliendo la función de delimitar derechos de uso o control, en una etapa en que la circulación de nuevas ideas y materias primas, así como la actividad ganadera, exigiría una utilización cada vez más intensa de los caminos naturales.

 

     Son bien conocidas estas pinturas esquemáticas  en muchas zonas de la provincia, aunque continuamente se están realizando nuevos hallazgos. Tal es el caso de las pinturas albergadas en el interior de una covacha, situada en el área occidental del valle del Ojailén, desde la que se obtienen inmejorables vistas de su territorio y pasos de montaña. En plena pared cuarcítica se abre una oquedad de forma ovalada y pequeño tamaño. Las paredes en su interior son muy lisas y se van estrechando conforme avanzas a su interior. Su diseño natural te invita a adoptar una cómoda postura, apoyando la espalda en la pared derecha para observar las pinturas plasmadas en la izquierda. Aunque no sean demasiado usuales este tipo de estructuras rocosas en covacha, sí que se pueden documentar algunas parecidas en las mismas alineaciones montañosas del valle, como en el Cerro de las Amarillas o en Piedras Llanas, cerca de la Fuente del Oso, por donde nace el río Tirteafuera.

 

     Las figuras están representadas con un color uniforme rojo claro a la tinta plana. No se trata de simples trazos lineales, pues por lo menos en una de ellas existe un relleno  de la forma con el pigmento. La pintura parece aplicada con muñequilla de piel, con los dedos e incluso con un fino pincel de plumas o ramillas para recrear algunos detalles. Nos ha parecido distinguir por lo menos 5 figuras definidas. 3 corresponderían a representaciones de antropomorfos, un grupo de barras verticales y un zoomorfo, que por sus especiales características de diseño, creemos que ofrece un especial protagonismo al panel.

 

     Este zoomorfo cuadrúpedo representa a un ciervo, para que todos nos entendamos, y lo hace con una técnica alejada del más puro estilo esquemático. Se trata de un ciervo que mira a la derecha (interior de la covacha) con una cornamenta constituida por 2 trazos verticales y otros 4 ó 5 trazos verticales desde cada uno de los verticales para significar las puntas. Mantiene la cabeza gacha y el cuerpo y piernas no están conformadas a base de simples trazos lineales, como ocurre el estilo esquemático puro, sino que constan de unos trazos más gruesos y rellenos de pintura.

 

     Existen cérvidos similares en la provincia de Ciudad Real, en la Covatilla del Rabanero o en Peñaescrita (Sierra Morena), así como en sierras cercanas a la población de Almadén, pero desde luego no existía ninguna documentada en el Valle del Ojailén hasta la fecha. Aunque donde estas figuras seminaturalistas están más profusamente representadas es en el norte de las provincias de Jaén, Granada y Almería. Miguel Soria Lerma y Manuel López Payer, profundos conocedores de esta región del sudeste peninsular, sitúan cronológicamente este estilo en una etapa anterior al del esquemático puro. Lo definen como una última etapa del estilo levantino desarrollada al final del Epipaleolítico y comienzos del Neolítico.

 

     Estos nuevos hallazgos no hacen sino incidir en la necesidad de tomarnos más en serio el legado histórico que nuestro valle nos ofrece. Algunos investigadores sostienen que el autor de estas representaciones no era otro sino el chamán del grupo, es decir, una especie de sacerdote, que una vez en trance, era capaz (o así lo creía el resto del grupo) de adivinar el futuro, cambiar la situación meteorológica, curar a los enfermos o controlar la actitud de los animales (unas prácticas parecidas a las de nuestros santos). A estas alturas de la Historia no vamos a creer en estas supersticiones (¿o sí?), pero resulta fascinante ir descubriendo claves que nos permitan descubrir cómo vivían (sobrevivían) nuestros antepasados, a qué temían, cuáles eran sus lugares sagrados, cómo eran sus dioses... Aunque sólo sea por si acaso nos fallan los nuestros. (publicado en el 2004.Reproducido ahora  a raiz del logo/marca de Brazatortas .  Los datos forman parte de un trabajo realizado por Antonio CArmona para la UNED con motivo de un congreso sobre patrimonio de Castilla- la Mancha en el 2004 titulado "Pinturas Esquemáticas y Patrones de Asentamiento en el Valle del Ojailén (Arqueología Visual)"

 

     

Antonio Carmona

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