Aquella escuela

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Aquella escuela

     La escuela del Palomar, ahora denominada Menéndez Pelayo, sigue haciendo esquina entre la calle Palomar y la calle conde Valmaseda, en el barrio conocido en los años 30 del pasado siglo como del Apartadero. Enfrente, separadas por traviesas ferroviarias a modo de empalizada, se encontraban las vías del tren, y al otro lado el hospital de la Sociedad Minera Metalúrgica de Peñarroya, cuyas siglas SMMP estaban inscritas en el frontal del edificio, siglas que la imaginación infantil traducía como Señores Mineros Morir Pronto y la desvergüenza juvenil identificaba como Se Mantienen Maricones y Putas. A finales de los años 50 las instalaciones escolares presentaban un aspecto de franco deterioro, con desconchones en las fachadas y con un patio de recreo sembrado de chichones que bajaba en pendiente hacia la casa de la guardesa, la señora Jenara, erizado de piedras puntiagudas firmemente asentadas en el suelo y con una bomba hidráulica de hierro fundido para saciar la sed en el centro del espacio, obstáculo que había que sortear durante los partidos de fútbol porque “tragárselo” significaba un serio descalabro. Un basurero humeante en el que se arrojaban las cenizas de las estufas de carbón remataba el patio y era el reducto que los mayores concedían a los más pequeños para sus juegos.

     En aquella época, impartían su magisterio en la escuela del Palomar dos maestros, don Remigio y don Manuel, y dos maestras, doña Petra y doña Patro. En consonancia, había dos grupos de muchachos y otros tantos de muchachas. Los muchachos disfrutaban del recreo en los patios descritos y las muchachas en un amplio pasillo al descubierto que se extendía frente a las aulas. El contacto entre géneros no existía y no era preciso que los maestros impusieran norma alguna al respecto: para ellas, los muchachos resultaban unos brutos que había que mantener a distancia, y para ellos, mezclarse con las muchachas significaba encuadrarse en la segunda M de la SMMP. Las edades eran heterogéneas y podían oscilar entre los siete y los catorce años, mientras que cada grupo estaba constituido por no menos de cincuenta discípulos.

     Los escolares alternaban, por razones misteriosas, la pertenencia al grupo de don Remigio con la del grupo de don Manuel. Ambos mantenían a raya a los díscolos con métodos de probada solvencia: don Remigio –alto, desgarbado, colorado de tez- mediante una colección de varas de olivo que custodiaba en una especie de alacena, y don Manuel –bajo, moreno, de fuerte complexión- con la sola ayuda de sus fornidas manos, expertas en dar “galletas” como él las calificaba. Don Remigio inspiraba una especie de ternura por su aspecto un tanto desvalido y porque sufría cuando tenía que imponer un castigo; solía decir: “a un burro se le da un palo y obedece pero  vosotros no obedecéis ni aunque os deslomen a palos”. Era buena gana, predicar en el desierto. Y eso que los varetazos en las nalgas no eran cosa de broma, provocaban un escozor penetrante que se intentaba calmar barriendo con las posaderas el asiento del pupitre. La escena de don Remigio llorando en plena clase por la muerte de su padre se grabó a fuego en todos los que la presenciaron. Se justificó por no haber podido contener el llanto: “un hombre no llora ni aunque tenga las tripas en la mano pero ante la muerte de sus padres llorar no es una deshonra”.

     La pedagogía de aquel tiempo se basaba en principios indiscutibles. Así, los listos –“aplicados” en lenguaje oficial- se sentaban en los pupitres  delanteros y los torpes -“alcornoques” según metáfora comúnmente  aceptada- en los pupitres traseros. Por la misma pedagogía, los escolares aplicados “se ponían” con los alcornoques para perseguir el milagro de que aprendieran la tabla de multiplicar. Y a veces asumían su papel de maestro vicario con tanta fidelidad que daban un cogotazo por menos de un siete por nueve setenta y dos, eso sí, mirando antes que el alcornoque fuera más bien enclenque. Además, los listos incrementaban sus conocimientos quedándose a las “permanencias” a partir de las cinco de la tarde, la hora vespertina de salida de la escuela, una hora más de  estudio que había que recompensar económicamente al maestro, por lo que estos escolares eran llamados “de pago”. En contraposición, a los que no eran de “permanencias” se les conocía como los de “balde”. Ser de balde era el vehemente deseo de todos los escolares, salvo deshonrosas excepciones.

     Al entrar a la escuela por la mañana, el maestro preguntaba si alguien estaba “de más” y, en este caso, qué le hacía falta. De modo que uno pedía un cuaderno, otro un plumín para la pluma que se le había rachado y otro más una goma de tinta. Tomada nota de los encargos y previo abono del importe de cada uno por parte del peticionario, el maestro enviaba a un par de mayorcetes a La Casetilla para realizar la compra, añadiendo a la lista una docena de pastillas para hacer la tinta, habida cuenta de que casi todos los días había que reponer el contenido de los tinteros de china de que estaban dotados los pupitres. Acto seguido, otro par de mayores cumplía la función de encender la estufa, tarea nada fácil puesto que había que combinar adecuadamente el uso del papel de estraza, las finas astillas y el carbón, en una combustión progresiva de un elemento a otro. Terminadas las maniobras de intendencia, comenzaba el tedioso suplicio de salir a la palestra a dar la lección. Ahí era el crujir de dientes.

     En el recreo de la mañana se repartía en el patio la leche en polvo de los americanos. Para recibirla, resultaba imprescindible llevar un vaso de plástico que se proveía de agua  en la bomba hidráulica. Si se cargaba demasiado de polvo de leche, se formaba un engrudo difícil de digerir. Tras beber la pócima, los escolares lucían un generoso bigote cano. A las cinco de la tarde se repartía el queso en lata también de los americanos, siempre que se mostrara un trozo de pan ante los encargados del reparto. Si se había olvidado el pan o en casa escaseaba, se pedía prestado a un compañero y una vez obtenido el queso se devolvía  el préstamo.

     Con todo, quien más quien menos, guarda un buen recuerdo de la escuela de la infancia. Cómo olvidar las películas que contaba Tiofi a los dos compañeros que compartíamos  el pupitre de dos plazas con él. Se situaba en medio y tamborileando con los dedos y musicalizando con la boca narraba las batallas entre las legiones romanas y los cartagineses con tanto lujo de detalles que parecía que  estuviéramos en pleno campo de combate.

Eduardo Egido Sánchez

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