Celebración

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Son las 07:06 del Jueves, 26 de Noviembre del 2020.
Celebración

     Me ha despertado el gallo. Un gallo anónimo, no sé si el mismo de todos los años. Estará en alguna de las casas de alrededor. En esta zona del pueblo abundan las casas y escasean los bloques de viviendas. Ilumino la esfera del reloj: van a ser las siete. Desconozco las tareas que aguardarán al gallo un día de fiesta, el Corpus nada menos, las mías pueden esperar. Compruebo que mi mujer no está en la cama, ella sí que tiene una jornada ajetreada por delante. Me arrebujo entre las sábanas dispuesto a echar otro sueñecito.

     El sol ilumina el alféizar de la ventana del dormitorio, lo que indica que ya está alto. Y que seguirá subiendo. Por tanto, hora de levantarse. La cama del pueblo es como los huevos de corral, no admiten comparación con sus homónimos de la ciudad. Por decirlo sin tantos rodeos: he dormido bien. Dormir bien a cierta edad son palabras mayores, desgraciadamente no al alcance de muchos. Llegamos anoche de la ciudad con el tiempo justo de tomar una cena ligera y acostarnos, lo que nos permite acometer la celebración de hoy descansados y con todo el día disponible. Un año más nos reunimos la familia del pueblo al completo para conmemorar el aniversario de nuestra matriarca y nadie en su sano juicio querría perderse el acontecimiento.

     Voy a desayunar y la cocina me recibe con aromas perdidos de la infancia: olores a chocolate líquido, a torta casera, a leña ardiendo, a platos tradicionales. Mi mujer anda trajinando para que todo esté a punto cuando lleguen los demás. Ocurrirá como todos los años, con las aportaciones culinarias y de bodega de cada uno juntaremos suministros para un regimiento. Nuestros hijos, que han debido de despertarse cuando me levanté, irrumpen en la cocina y se abalanzan  sobre todo aquello que ya no quema. Después, saldrán de estampida rumbo a no se sabe dónde hasta la hora de la comida. Se lo pasan de maravilla en el pueblo, con sus primos, con amigos que habrán hecho en años anteriores o durante los veranos. La verdad es que vienen encantados al pueblo y se muestran la mar de cariñosos con la familia. Si han de perder las raíces, que lo hagan cuanto más tarde mejor. Al tercer intento de meter baza  en los preparativos, escucho por fin la sabia amonestación de mi mujer: “anda, deja de enredar y vete a dar una vuelta”. No tiene que repetírmelo.

     Me siento a gusto caminando por las calles del pueblo a primera hora de la mañana. Intuyo la jornada festiva por indicios que detectan los sentidos, el color del día, con un cielo azul sin nubes; los sonidos amortiguados que transporta el aire; alguna persona que viste endomingada; mujeres camino de la iglesia…Y -cierro los ojos para aguzar el oído-: las campanas. Qué íntimo regocijo escuchar el repique de campanas anunciando el día de fiesta. Su solo sonido espanta cualquier pesadumbre. Recorro sin prisa las calles, deteniéndome ahora en una nueva edificación, ahora en la fachada de aquella capilla que aún perdura, ahora para saludar al viejo paisano con el que compartí algún episodio infantil. La mañana discurre plácida y ajena a la prisa.   

     Cuando al mediodía regreso al caserón tras una cumplida caminata, el bullicio se aprecia desde el zaguán. En el patio pululan hermanos, tíos, primos, sobrinos y parientes diversos, incluido algún vecino que es como de la familia y, por supuesto, su correspondiente género femenino. Basta pasar una somera revista a la intendencia desplegada por la sombra que proporcionan las paredes del patio para percatarse de que  todos han cumplido sus respectivos encargos: el hielo enfría las bebidas en la vieja nevera de puertas correderas; en las mesas de camping se alinean un sinfín de platos misteriosos vedados a la vista por una cubierta de papel de aluminio; platos, vasos y cubiertos de plástico en cantidades industriales esperan a ser rescatados de sus envoltorios; rollos de papel de cocina, servilletas de papel…La nuestra es una familia bien avenida y celosa de sus compromisos y si hay que pecar de algo, que sea por exceso y no por defecto, tiempo habrá hasta que caiga la noche para dar buena cuenta del museo variopinto que se expone a nuestra vista y nuestro paladar.

     Ya es hora de abrir el primer bote de cerveza. El líquido helado rasca la garganta y reconforta el ánimo. Con la hospitalidad de una cerveza se cumple mejor el rito de saludar a los familiares. Besos y abrazos a diestro y siniestro. Ojos chispeantes por la alegría del reencuentro. Bromas sobre esos kilos de más, esos cabellos de menos. Al final, en resumidas cuentas, el tiempo no ha pasado por nosotros, nos aseguramos recíprocamente. El personal menudo corretea por el patio, se interna aventurero en el corral ya sin gallinas, en el jaraíz, se encarama en la antigua galera varada en un rincón del establo, invade a la carrera el huerto, grande como un campo de fútbol (¿mantendrá todavía el efecto del eco en sus tapias?). Las mujeres se han perfumado para hacer los honores a la ocasión. Besan con verdadera pasión familiar, te comen con los ojos porque quieren apresar la vida que han compartido contigo a lo largo de muchos años.  Las mujeres son el sostén de cualquier familia, de todas las familias, si no fuera por ellas ¿qué íbamos a hacer, qué íbamos a comer, qué alegría íbamos a tener los adanes que nos hemos dado cita? Así discurrirá la jornada hasta el anochecer, cuando comiencen las despedidas hasta el año que viene.

     Ha sido un aniversario especial y todos hemos sido conscientes de ello. Nos animaba un doble motivo para encontrarnos, doble porque suponía la suma de dos años, ya que el año pasado no pudimos llevar a cabo nuestra ceremonia por causas sobrevenidas sobre las que hemos hecho votos para que no vuelvan.

Eduardo Egido Sánchez

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